Bob Dylan y el 15-M (Bob Dylan’s Last Lesson)

Ilustración por Jabos

Ilustración por Jabos

Cuando el 15-M desaparezca, no dejará ningún recuerdo. No entro a valorar sus intenciones, acciones o propuestas, pero el 15-M es un movimiento sin poesía. Y dado que a lo más que han llegado es a ocupar (okupar, quería decir) una plaza durante un mes, la otra manera de pasar a la memoria, la incruenta, es a través de la poesía.

La Transición está siendo repetida ad nauseam porque es perfecta para mostrarse, escucharse y recrearse con alguna ayuda para la imaginación. Y esa ayuda no falta. Frases solemnes, canciones-mensaje y fotografías como iconos. Como Mayo del 68, Los Claveles en el 74 o Estados Unidos también en los sesenta, a causa de Vietnam.

Eso es algo que Bob Dylan sabe bien, no en vano pasará al Olimpo humano gracias a su poesía. Con la sencillez de una idea clara y una legión de seguidores con el mismo talento, le dio a su opción ideológica un lugar que no habría alcanzado de ningún otro modo. De pronto, millones de personas, en decenas de países, tenían acceso a otra verdad a través la voz atiplada de un enclenque.

Cuánto influyó eso es su época, es motivo de debate. La influencia, hoy, está fuera de toda duda.

El 15-M está en las antípodas de todo eso. No es desdeñable que sea un efecto secundario del consumo de producto copiado, pero lo cierto es que después de seguir cientos de enlaces en Facebook, Twitter y toda la retahíla, no he sido capaz de recordar una sola canción, una frase afortunada, una imagen que resuma el movimiento. Luego he buscado por ahí y he encontrado unos gritos reivindicativos y una canción.

Sobre la inveterada incapacidad hispánica para expresarnos en grupo con gracia, coordinación y originalidad no hace falta insistir. Tanto este tipo de manifestaciones como las aficiones futboleras, han demostrado que el gracejo cañí presenta deseconomía de escala.
Vamos con la canción:

La canción, en el fondo, es una buena síntesis del movimiento en sí. La letra guarda buenas intenciones pero se desvanece hasta el sonrojo por la amalgama de ideas, referentes y esdrújulas; mientras que la música no pasa de ejercicio parroquial de barrio obrero.

¡Ay, cuánto podría enseñarles el viejo Bob! Aunque él ya no está interesado en la poesía, en la de este tipo al menos. Eso es algo que ya no podrán aprender de Bob: el poder de la poesía. Pero sí ha dejado una lección, quién sabe si la última, que merece la pena escuchar.

En 2001 se eligió Beijing como sede de la XXIX Olimpiada. Por el camino se obviaron nimiedades como los derechos humanos, Tiananmen o medio siglo de pensamiento único, partido único, hijo único. Era justo que 1.200 millones de personas pudieran disfrutar de semejante evento.  A ver si animamos un poco el país y convertimos esa quinta parte de la Humanidad al consumo. Maoísta, eso sí.

Pues después de eso, hay un premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, en la cárcel por su activismo pro Derechos Humanos y el artista Ai Weiwei fue detenido el pasado 3 de abril, encarcelado y liberado con fianza, acusado de delitos económicos que ocultaban su depuración por mostrarse contrario a los dictados del partido.

Después de eso, hay un tipo con suerte que llega allí a dar un concierto, solo tres días más tarde de la detención de Ai Weiwei. Tiene un pequeño defecto. En su juventud, enardeció a las masas con unas cuantas canciones hippies. Pero eran masas contra la guerra de Vietnam, casi rojos. Además,  eso no es nada que no se pueda arreglar pactando el repertorio. Nada de The Times They Are A-changing ni Blowin´ in the Wind. Ni un poquito de Only a Pawn in Their Game. Nada, mi comandante.

Además, Bob Dylan se ha cansado de tocarlas. Lleva 50 años dale que te pego a los mismos acordes y él ha compuestos cientos, miles de canciones mejores. Le da igual que entre el público haya un solo muchacho que ha ido allí no a escucharle a él, si no a sentir su poesía. A oír cómo una persona, desde un escenario, ante un micrófono, se pregunta cuántos años necesita el mar para disolver una montaña, cuántos años puede existir un pueblo hasta que le permitan ser libre.

Esa es la última lección de Bob Dylan. Ha decidido que si la situación estaba jodida en el 65 y lo está ahora, él ha sido un tipo con suerte y no le toques más las narices. Las cosas van a estar jodidas siempre y no hay nada que hacer, que no sea sacar partido, claro.

Y si no tienes suerte, mala suerte.

PS: Ahí va el enlace con el anuncio de su bolo en Beijing. Que quede constancia:

PS2: Jabos, el ilustrador, discrepa de la premisa expuesta en este post y ha querido hacerlo patente en la firma de su dibujo. Dado que este es un espacio con libertad de expresión y pensamiento, ahí ha quedado.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

En catalán

Hace unos meses, perdón por la desactualización, el grupo catalán Manel alcanzó el número uno de ventas en las listas de discos más vendidos en toda España. El fenómeno de grupos y solistas semi-desconocidos que se convierten en número uno con ventas modestas, es tema de otro análisis.

Manel logró que, en una semana, 10.000 personas acometieran la ciclópea labor de coger su copia de 10 Milles Per Veure Una Bona Armadura de la estantería, ir a la caja y desembolsar el importe del cedé. Cabe pensar que un buen número de estas personas residen en Catalunya, comprenden el idioma y conocen a la banda; pero también que un número significativo de compradores viven en otros lugares y no hablan catalán.

Y esto es noticia y genera análisis, algo que solo sucede cuando alguna canción o un disco en catalán consigue filtrarse al resto de España. Porque la relación del público español con la música catalana y en catalán es equivalente a la actitud de los españoles con los catalanes, en algunos casos. Fría desconfianza cargada de prejuicio político. En ambas direcciones. Así, cada vez que se oía una canción en catalán, desde que salió de la clandestinidad, se ejercía una función política más que sensorial.

Los ejemplos son de sobra conocidos. Dos de ellos del mismo año: 1968, cómo no. Primero Serrat, propuesto para representar a España en Eurovisión solicita cantar el tema, La, La, La, en catalán. Tras recuperarse de los infartos, los gerifaltes franquistas lo vetan durante años y, en un refinado acto de venganza, lo sustituyen por Massiel.

Poco después, el cantante valenciano Raimon entona Al Vent, el tema que desde años antes representaba la lucha contra la represión franquista, en un concierto ilegal (valga la redundancia) en la Universidad Complutense.

En ambos casos, nada tenía que ver con la cuestión musical. Al final se trataba de ocultar un mensaje de apertura en tontismo yeyé o exigir libertad ajustándose a los cánones folkies imperantes.

De la instrumentalización pasamos a la ignorancia. Ningún grupo catalán formó parte de la nueva ola cantando en su idioma y mientras, músicos como Loquillo se quejaban de tener que emigrar de Catalunya si quería cantar rock y en castellano. Solo Sopa de Cabra o Albert Pla lograron cierta resonancia fuera de Catalunya, a mediados de los noventa. Así hasta hoy, con grupos como Love of Lesbian o Sidonie que solo consiguen saltar al gran público cuando graban discos en castellano.

Sin embargo, nada de todo esto es real. Y es peor que imaginario, es creado. Interesadamente manipulado. Tengo la sensación de que no existe ese salto, esa división entre los idiomas. No es lo que percibes cuando te encuentras en Catalunya y te relacionas con la población autóctona. Nadie hace una bandera del modo en que se expresa contigo, ni tú te sientes en la necesidad de hacerlo. Es una pura cuestión de convivencia.

Entonces surge la cuestión, ¿de dónde viene todo esto?, ¿por qué es un asunto sobre el que se escribe y se dice de todo? No parece que sea algo que esté en el día a día. Ni en Catalunya ni fuera. Un grupo catalán hace un disco en catalán que mola y la gente ya no se pone a pensar en el idioma en el que canta el tipo, entre otras cosas porque está cansada de escuchar letras que no comprende. La gente, va y lo compra. Y cuando estás en Barcelona, ves a personas que hacen el esfuerzo de hablar en castellano entre ellos cuando estás tú presente, pese a que su modo de expresarse sea siempre en catalán. Y aquí, Serrat llena cualquier escenario en el que cante, así lo haga en castellano o en catalán. Porque cuando se baja a pie de pista, no parece que sea una cuestión social, si no política.

¿Entonces, cuál es la realidad? Una vez más hay que pensar si aquellos que deben cuidar por la compresión y el respeto entre personas distintas, no estarán actuando en sentido contrario. Si hay quién trata de mantener un estado de las cosas artificial, a partir de un conflicto que la realidad desmiente. Y en función de esa realidad paralela se legisla, en uno y otro bando, más a beneficio del legislador que del ciudadano.

Pensar si los que deben formar a la población y mostrarles realidades diferentes, no están utilizando estás particularidades para excluir y enfrentar. Si hay quien puede ganar sembrando la cizaña, acentuando las fricciones que una composición social así puede generar.

Y cabe preguntarse si, al final, todo esto no se nos volverá en contra:

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Dinosaurios adictos al éter

Julio es un gran tipo. Inteligente, sensible; una de sus aficiones es coleccionar sellos. Sellos, cartas antiguas, mapas. Cualquier material que haya viajado desde el pasado remoto hasta la actualidad, en mejor o peor estado, pero que suponga una comunicación inverosímil entre su lejano autor y él. Me lo puedo imaginar buceando en raídos anaqueles de pequeñas tiendas atestadas de papeles. Puedo sentir su alegría cuando encuentra un pedazo de papel de un centímetro cuadrado, que quizá solo tiene sentido para él, para los que son como él.

Yo soy como él. La única diferencia es que la pasión que Julio experimenta por viejos papeles, yo la tengo con los discos. En cedé o en vinilo, pero con entidad física. Un trozo de plástico, dentro de una funda, acompañado de un librito. Algo que pueda palpar.
Si te paras a pensarlo, no parece que tenga ningún sentido. Todos los que disfrutamos de la música, en realidad somos adictos al éter. La música no tiene entidad física. Son meras ondas que se propagan haciendo chocar las moléculas del aire, desde los altavoces a los tímpanos. Eso es todo. Qué importancia puede tener si la música sale de un disco plateado o de un archivo informático comprimido.

O quizá sí tenga importancia. Quizá la música sea algo más. Quizá los adictos al éter estamos dejándonos engañar. Quizá estemos comulgando con unos cambios que alteran nuestra pasión en términos que ahora ni imaginamos.

Estamos tolerando que hoy en día pretendan vendernos música en .mp3. Desde que la música empezó a ser un negocio de masas, allá por los años 20, la industria y la tecnología se preocuparon de ofrecer cada vez mejores soportes, más calidad, más texturas en cada grabación. Conscientes de que la música es una cuestión de leves matices, de pequeñas apreciaciones, de ligerísimos detalles, se pasó de los discos de pizarra a los de plástico y después a los formatos de grabación digital, sin olvidar aquellas casetes magnéticas. Del mismo modo que del mono se cambió al estéreo. Todo para tratar de reproducir con la mayor fidelidad (Alta Fidelidad), cómo capta el oído la música en directo.

Sin embargo, hoy en día la revolución implica que la música se comercializa en un formato peor que su predecesor. Es fácil de comprender con una simple ecuación. Los archivos de la música en un cedé, .cda, pesan alrededor de 40Mb para una canción de cuatro minutos. La misma canción en .mp3 pesa unos 3Mb. Por el camino se han perdido los fade-out, las escalas vocales en los coros, los instrumentos esbozados de fondo, horas de mimo en la producción, toneladas de imaginación en la composición y años de perfeccionamiento en la interpretación. Es lo que Umberto Eco define como avanzar a paso de cangrejo: “El estadio siguiente de este retorno triunfal de la Galaxia Gutenberg sería la supresión radical de la imagen. Se inventaría una espacie de caja pequeña, que solo emitiría ruidos y no necesitaría ni mando a distancia, puesto que se podría zapear haciendo girar un mando. Creía que se había inventado de nuevo la radio y estaba vaticinando, en cambio, la aparición del iPod”.

Ya no es relevante la calidad. Ahora, los nuevos paradigmas son la velocidad y la cantidad. Hay que tener el mayor número posible de canciones, de discos y rápidamente. Ya. “Virilio habla de una época dominada, yo diría hipnotizada, por la velocidad. (…) estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el avión se retrasa o el correo electrónico tarda en descargarse”, sentencia Eco. Por eso, una ADSL de 20 Mb para bajarte un disco en décimas de segundo y luego, otro, y otro, y otro… La discografía entera de los Beatles, los Rolling, Queen, Radiohead, Pearl Jam. Acumular más música de que la que podrías escuchar en tu vida, porque efectivamente, no vas a escucharla en tu vida. Ya no se aprecia. Ahora se acumula.

También estamos permitiendo que desaparezca todo lo que rodeaba los soportes musicales. En beneficio de nadie sabe qué, desaparece un elemento indisociable de las grabaciones. Las portadas empezaron siendo amplios lienzos de 30 por 30 centímetros, que hasta reputados artistas como Warhol o Peter Blake utilizaban para expresarse. Así podíamos pelar un plátano, bajarle la cremallera a Joe Dallesandro, jugar a adivinar a cuántos personajes lográbamos identificar o descubrir qué figuras aparecían tras el troquelado de Led Zeppelin III.

Cuando la cosa cambió a 12 por 12 centímetros, muchos grupos y diseñadores supieron sacarle también partido. Como la superposición de solapas para formar una rosa de Beautiful Garbage, el orificio en forma de “Agujero de Alicia” de In Between de Jazzanova, o los paisajes superpuestos que suele crear Of Montreal.

Hoy en día, las portadas son sellos (en el sentido peyorativo), que solo pueden servir de vehículo de expresión a los artistas que escriben Biblias en granos de arroz. Reducidas a la esquina inferior izquierda de los programas de reproducción y exhibidas en efectistas cover-flows , que solo son una muestra más del engaño. Una presentación espectacular para un fondo hueco.

Pero mucho más allá de estas pérdidas, hay una cuestión sentimental. No me imagino a Julio dejándose engañar así. Sacrificando su pasión en función de la cantidad, del puro acaparamiento o de la facilidad para conseguir sus pequeños tesoros. No creo que él se conformara con tener más sellos, aunque estos fueran meras fotocopias en calidad profesional. No creo que otorgara ningún valor a unas cartas antiguas recreadas digitalmente.

Sé que soy un dinosaurio. Sé que en dos o tres años el formato físico desaparecerá. Y con él desaparecerán esas sensaciones que todo amante experimenta por el objeto de su pasión. Hace unos años busqué un disco ni demasiado antiguo ni demasiado ignoto, sin lograr encontrarlo. Al final lo solicité a Amazon, con la certeza de que esa sería la única manera de conseguirlo. Me equivoqué. Días después de hacer el pedido, recibí un email en el que me decían que era imposible servirme el disco solicitado, porque no estaba disponible ni en los almacenes de la discográfica. Sorprendido, me resigné. Bastante más tarde, echando un aburrido vistazo en las estanterías de M. F. Records, la pequeña y mítica tienda de discos de la ronda de Valencia de Madrid, lo encontré. Esa sensación, el hallazgo de lo seguramente era una joya solo para mí, no es algo que pueda describir aquí:

Ps: Hoy esa pequeña tienda es un establecimiento dedicado a los arreglos y composturas de ropa. Estamos en el tiempo en el que es más rentable abrir una tienda para remendar pantalones, que para vender discos.

Publicado en Uncategorized | 5 comentarios

Sinfonía de destrucción

La distancia que separa la música clásica del pop y del rock es mucho mayor que la que hay entre el teatro y el cine, por ejemplo.

Pese a ser dos manifestaciones del mismo fenómeno, la música, discurren por sendas paralelas que casi nunca se tocan. Cada una, fiel a sus atribuciones, atrincherada en la actitud de su público e ignorante de la otra.

La música clásica siempre se relaciona con alta cultura, sensibilidad cultivada, modales finos y público contenido y esnob, de esos que, para hacer patente su entusiasmo, hacen sonar las joyas, como dijo Lennon. La música pop y rock, por el contrario, se relacionan con hordas idiotizadas, sudorosas y alcoholizadas, que se aglomeran en manadas irracionales para saltar al ritmo de cualquier sonido inconexo o grito gutural. Solo hace falta acudir a la entrada sobre música popular en la Enciclopedia Británica para percibir la diferencia o comprobar cómo muchos discos llevan advertencias para los padres adheridas a las portadas, mientras que Mozart es, al parecer, muy recomendable para los fetos.

Y muchas veces es mejor que sea así, que cada tipo de música siga su camino. La pasada semana, Sting trajo a España su gira Symphonicities con la que presenta el disco del mismo título en el que repasa alguno de sus temas clásicos acompañado por la Royal Philarmonic Concert Orchestra, ni más ni menos. Y uno piensa, ¿cómo sonarán estas canciones con arreglos orquestales? Vale que las más modernas ya son un tostón por sí mismas, pero sus viejos temas punk, ¿cómo se adecuarán al violín, la viola y el violonchelo? La respuesta está clara: mal:

No es el único ejemplo. Los hay aún más audaces. En 1999, Metallica sacó el disco más inaudito de su carrera. S&M es una revisión de sus grandes éxitos en compañía de la Orquesta Sinfónica de San Francisco. Qué pretendían al mezclar los guitarrazos más aterradores de final de siglo con los clavecines y las flautas traveseras, es algo que sólo ellos pueden revelar. (¿Acaso aprovechar la idea previa de Apocalyptica?). A los demás nos sorprendió cuando tuvimos la primera notica, cuando escuchamos el disco en su momento y aún hoy en día:

Ni a Sting ahora, ni a Metallica entonces pareció importarles lo más mínimo que, claramente, las canciones no funcionaran, que se notaran demasiado los arreglos forzados, que la orquesta fuera por un lado y ellos por otro. ¿Su fin justificaba esos medios? De verdad, ¿cuál es la intención de los músicos detrás de estas tropelías? ¿Dotar a su repertorio de un toque distinguido, elevado, por encima de la chusma eléctrica al uso?, ¿justificar entradas a 150 euros detrás de un pretendido espectáculo de fusión entre la música clásica y las canciones que llevamos años escuchando? Si la finalidad es llevar sus composiciones al altar de Mozart o Beethoven, deberían plantearse qué tiene de malo el de Gordon M. Sumner o el de Hetflied, Ulrich, Burton y Hammett.

No defiendo que no pueda hacerse. Muy al contrario. Son muchas las maneras de que la unión entre la música popular y la clásica puede funcionar. Un ejemplo es realizar el camino inverso. Crear una composición a partir de una pieza clásica, no tratar de forzar una canción ya existente a un formato al que difícilmente se adecúe. Como Rufus Wainwright, que utilizó el conocido y efectista Bolero de Ravel:

Pero la adaptación que intentaron Sting y Metallica también puede tener éxito. En 1998, Portishead grabó un delicioso e impresionante disco junto a la New York Philarmonic Orchestra. Roseland NYC es un álbum en el que los instrumentos clásicos se unen nada menos que los scratchs de un DJ con sentido y eficacia. En el que la orquesta suena como un elemento más, destinado a un objetivo común: alcanzar una sensibilidad nueva y escalofriante. No para llevar las composiciones del grupo a un lugar distinto y artificial, si no para asentarlas definitivamente en el espacio para el que fueron compuestas, despertar en nuestro cerebro sensibilidades que ni tan siquiera éramos conscientes que pudiéramos sentir:

Por último, el cine también puede dar un nuevo sentido a la música “culta”. Las cualidades que suelen asociarse con las composiciones clásicas son ideales para crear tensión entre lo que se cuenta y lo que se escucha. Si de una ópera se espera que nos transmita sensibilidad, delicadeza, ensoñaciones y poesía, quizá sea entonces la banda sonora perfecta para que, una imagen a la que el cine nos ha habituado como es un bombardeo, se convierta en algo completamente diferente, turbador, brutal:

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

“Quiero, quiero, quiero…”

No sé si, como dice el tópico, el mundo sería un lugar mejor si lo gobernaran las mujeres. De lo que no tengo absolutamente ninguna duda es que la última esperanza del planeta es que lo gobiernen los niños.

Los adultos los miramos como personas sencillas, y nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que no han adquirido nuestras absurdas complejidades. Viven para ellos mismos y para sus relaciones con los demás, dándose a esas relaciones de lleno, sin dobleces, sin falsas intenciones, sin intereses ocultos. Todo lo que hacen es sincero, incluso cuando mienten, cuando te aseguran que se han comido todo, pese a que tú ves el plato lleno, en su cara puedes leer su convencimiento en lo que están diciendo. Justo al contrario que nosotros, que mentimos hasta con la verdad. ¿Cuál es el momento exacto en el que perdemos esa capacidad de apreciarlo todo, de concentrarnos en las posibilidades de lo que nos rodea, de percibir con los sentidos y no con la mente?, ¿a los 6 años?, ¿acaso antes? Sea cuándo sea, es el día exacto en el que perdemos la posibilidad de ser completamente felices.

Ellos son así en todos los órdenes. Los adultos somos incapaces de advertirlo y además, les aplicamos las fijaciones que supeditan nuestra existencia. Y les torpedeamos con canciones simples, presentadas con dibujos animados, interpretadas con pequeños bailes o juegos de manos, porque pensamos que si tenemos que cortarles el filete, también tendremos que hacerles la cultura más digerible.

Sin embargo, una vez más, nos equivocamos. Su cerebro no está vacío de ideas, sino de ideas preconcebidas. No actúan como si algo tuviera que gustarles o no. La clasificación de la música (o el cine o el teatro) como infantil es otro estereotipo adulto que ellos no comprenden y, por supuesto, no están dispuestos a respetar:

Claudia tiene tres años y también se ha comportado de modo parecido. Igual que estos padres, me he reído como un imbécil, sorprendido de que no quisiera escuchar Bajo el Mar o Bíbidi Bábidi Bu. No. Ella ha oído esas canciones y le gustan. Pero también ha oído otras que le han impactado, que han pasado a formar parte de sus gustos, de su pequeño pero sólido bagaje. Música que nosotros pensamos que no está hecha para niños, lo que a ellos les da absolutamente igual. Tienen la capacidad de procesar los estímulos que reciben, pero nunca podrán asimilar las categorías en las que dividimos todo, como para hacerlo más sencillo, cuando los niños nos están mostrando que no tiene sentido. Y entonces, empieza a exigir a gritos: “Pon Quiero, Quiero, Quiero…”, que es su manera de interpretar la estrofa Get up, Get up, Get up… de Last Living Souls de Gorillaz:

Su primo Ekaitz, cuando tenía cuatro años, era igual de vehemente para pedir sus gormiti o patatas fritas que para escuchar una vieja canción de los sesenta con la que se vuelve loco:

Afortunadamente, cada vez más adultos se dan cuenta de que para dirigirnos a los niños no tenemos que poner voces raras ni hablar con lengua de trapo. Que ellos comprenden nuestra manera de expresarnos, que somos nosotros los que no les entendemos a ellos. Y por eso, los tratan como seres especiales, sí, pero no como necesitados de un tratamiento especial. En Madrid, la tienda de ropa y accesorios infantiles ¡Glück!, que organiza conciertos de bandas como Wild Honey para su pequeño público. O en Barcelona, con más ambición y medios, la versión mini del Sónar dedicada a los niños, el Sónar Kids, en el que han tocado desde La Mala Rodríguez a Jimi Tenor.

Los niños siempre van a estar dispuestos a escuchar, a aprender y a devolvernos su maravillosa visión del mundo. Nosotros sólo tenemos que hacer un pequeño esfuerzo: establecer contacto con ellos con la misma sinceridad y concentración que los niños emplean en todo aquello que les llama la atención.

Publicado en Uncategorized | 10 comentarios

Gitanos

Ilustración: Jabos.

Más o menos a la edad de 13 años, todos aprendemos que hace más de dos siglos se desencadenó una gran revuelta popular en París que tenía un fundamento claro: Que las personas fueran valoradas por lo que hacían, no por lo que eran, por sus méritos no por su nacimiento. En las últimas semanas, los acontecimientos ocurridos en Francia alrededor de la población gitana de origen rumano nos han demostrado algo que ya sospechábamos: Nicolas Sarkozy jamás tuvo 13 años.

El presidente de la República Francesa ha empeñado gran parte de su política en el objetivo de expulsar del país a los gitanos rumanos. En principio, el gobierno galo trató de maquillar su iniciativa y aseguró que no habría expulsiones colectivas, que sólo afectarían a los gitanos que hubieran cometido delitos. Sin embargo, muy pronto se descubrió la falsedad del argumento y cuando fue censurado por la Comisión Europea, Sarkozy no se arredró y contestó con proverbial chulería.

No cabe duda de que Sarkozy ignora el espíritu del “Libertad, Igualdad y Fraternidad” revolucionario. Y si desconoce eso, no resulta sorprende que tampoco sea capaz de ver a los gitanos como nada más que una amenaza. Su peinado o su baja altura de miras, impiden que entre en su cabeza la idea de que quizá en alguna de esas deportaciones, estaba expulsando a un Django Reinhardt, el célebre músico de jazz de los años treinta, gitano belga pero residente en un campamento cercano a París, que creó el jazz manouche, un estilo tan francés como la chanson o el can-can. O a un Minaldo, el guitarrista gitano interpretado por Tchavolo Schmitt en la película Swing, que descubre a un muchacho perfectamente francés la pasión por la música y, de paso, la pasión por la vida y la pasión a secas. O quizá, Sarkozy no es un ignorante, si no un tipo retorcido que piensa confiar esa misión a la Bruni:

El caso es que antes de que pudiésemos preguntar cuánto tardaríamos en importar la idea, como solemos, surgió la respuesta.

Muy a menudo escucho dos clases de argumentos de calado en contra de los gitanos: “Mi prima vivía al lado de un edificio de protección oficial que otorgaron a gitanos. Cuando llegaron, arrancaron las ventanas y las tuberías para venderlas como chatarra e hicieron hogueras con las puertas”, y “es que son ellos los que no quieren integrarse”. Tratar de rebatir la primera afirmación me parece absurdo. Mejor que lo hagan los números.

En cuanto a la segunda, su “no integración”, una vez más es la música el mejor ejemplo, la mejor vía para demostrar que el camino de los prejuicios, además de falsear la realidad y dañar a la víctima, también perjudica a aquellos que los sostienen.

Muchos serán seguidores de Estopa o Melendi, llenarán sus conciertos y comprarán (o más bien, piratearán) sus discos en manada. No sabrán, o no querrán saber, que sólo son malos imitadores de un gitano que en los sesenta se inventó un género musical:

Porque  miembros de esa etnia que no se integra, fueron capaces de mezclar sus raíces con otros estilos que sonaban a su alrededor y así hacer discos que continuamente ocupan los primeros puestos cuando la crítica especializada se pone a establecer clasificaciones.

El disco que suele encabezar estas listas, fue fruto de la unión de dos hermanos gitanos y un catalán. Raimundo y Rafael Amador, junto a Kiko Veneno, elaboraron una obra esencial en la música española. 33 años después, Veneno se mantiene como referencia y se ha reeditado este año en vinilo con excelentes ventas:

Muy cerca del número uno está otro álbum hecho por gitanos e igualmente incomprendido en su día, pero indiscutible obra maestra hoy. La Leyenda del Tiempo de Camarón de la Isla. Junto a otro gitano, Tomatito, cambió los esquemas de la música popular en este país. No sólo del flamenco, también del pop, de la fusión. El impacto de Camarón es tal que se convirtió en un referente de España en el extranjero, como la bandera o el toro de Osborne.

Por supuesto, hay más. Cualquiera recuerda decenas de nombres de gitanos que representan una parte importante la cultura española. Pese a “no integrarse”, su influencia se extiende a tipos de música muy diferentes. Incluso al hip-hop. Si este estilo nace como expresión de las minorías marginadas de EE UU, parece lógico que el mejor grupo español del género lo compongan un gitano y un lisiao.

Sin embargo, aún queda esperanza. De momento aquí parecemos ser más conscientes de lo que los gitanos nos pueden aportar. A lo mejor algo hemos aprendido desde que Federico García Lorca dejara estos versos en su Romancero Gitano:

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

Publicado en Uncategorized | 3 comentarios

Bailando sobre seis millones de tumbas

A Adolek Kohn no le falta sentido del humor. Es lógico si se piensa que sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz y que, después de eso y con 89 años, algún achaque debe de tener. Su hija le propuso grabar un vídeo con una coreografía casera (muy casera) en las instalaciones del célebre lager. Obviamente eligieron I Will Survive para ambientarla, porque aunque haya sido utilizada ad nauseam, debieron de decidir, nunca se empleó con tanta propiedad.

La noticia en Antena3.com:
El baile de la polémica en Auschwitz

El vídeo en Youtube.

Como era de esperar, muchos han criticado la ocurrencia, con previsibles invocaciones al respeto y a las formas, como el historiador judeo-alemán Michael Wolffsohn. Parece como si, para acercarse a ciertos temas, hubiera que observar una liturgia, decir siempre las mismas palabras, sacar las mismas conclusiones y exponer la experiencia según unos criterios prefijados. Kohn se ha defendido presentando el vídeo como “una celebración de la vida”. Su hija, Jane Korman, la ideóloga, ha ido un poco más lejos: “Queríamos conectar con las generaciones más jóvenes, que ya casi ni reaccionan a la palabra Holocausto”.

No es una tontería. Hace algunos años, poner en duda el exterminio programado de seis millones de habitantes de Europa, la industria de la muerte nazi, eran provocaciones de grupos neonazis, simples extravagancias como las del escritor británico David Irving o alucinaciones interesadas de algún megalómano de Oriente Medio como Ahmadineyad. Sin embargo, ahora percibo una corriente más fuerte en este sentido. Impulsada por las constantes tropelías contra la población palestina del gobierno israelí de turno, justificándose en el ciego apoyo de EE UU al estado hebreo, existe una masa, todavía informe y radical, que desde la izquierda, pone en duda el Holocausto con una siniestra matemática. Incluso van más allá y establecen una relación entre el sionismo y el ascenso nazi, sin escatimar en bibliografía. Aseguran que vivimos en un Matrix sionista manejado desde Hollywood. Se trata de erosionar la legitimidad del estado de Israel atacando a lo que creen que es su primer fundamento: El asesinato planificado de seis millones de seres humanos, que hizo necesario el establecimiento de una patria en la que pudieran sentirse seguros. Uno piensa que, para ese fin, les sería más útil enchufar cualquier telediario antes que tergiversar la Historia groseramente. Quizá ellos rodarían otro vídeo, con otra coreografía y otra canción:

Olvidan que el sacrificio de esos seis millones de personas es la base sobre la que se ha construido buena parte de nuestro futuro. Que su muerte no sólo legitima el estado de Israel, si no prácticamente todos los estados occidentales. Que gracias a que conocimos la verdad, se ha conseguido crear un espacio de bienestar que hace este trozo del planeta un sitio agradable para vivir. Con todas sus cosas, no lo niego. Pero no deja de ser un sistema en el que todos pueden exponer sus puntos de vista, y eso está bien.

Es necesario que no lo olvide nadie. Si para ello, un anciano superviviente se pone a hacer el ridículo ante el Arbeit Macht Frei, ¿qué importa con tal de que a 240.496 personas, sólo en Youtube, se les quede la copla?

Es la forma lo que en muchas ocasiones permite transmitir mejor el mensaje. O es que no hemos conocido cómo era el ambiente de violencia, exclusión y sentido de pertenencia al mismo tiempo, del Nueva York de posguerra gracias a un simple número de baile:

O no tenemos una mejor idea de la posición del católico romano ante la familia, la concepción y la anticoncepción a través de una coreografía disparatada:

Y, sobre todo, Adolek Kohn tiene 89 años, sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz y fundó una familia. Se ha ganado a pulso el derecho a hacer lo que le salga del catéter.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario