Amo a Miley Cyrus

La música te alcanza por más rápido que corras. Y a veces te impacta de lleno con un fenómeno aberrante. Amo a Miley Cyrus.

Ya salió aquí el tema de los prejuicios y cómo, poco a poco, te vas desprendiendo de ellos, aunque siempre conservas la cantidad suficiente para vadear la mierda con elegancia. Evidentemente, Miley Cyrus cumple con todos los requisitos adecuados para entrar, con honores, en la calificación de “ponga usted aquí el adjetivo descalificativo que prefiera”.

A través de Claudia, primer síntoma, conocí a Miley cuando era Hannah Montana. Veía de refilón su sit-com para niños, partiéndome de risa cada vez que aparecía Achy Billy Breaky Ray Heart Cyrus, su padre. Después seguí su transformación con poco interés, pero he de admitir mi desconcierto ante lo que yo suponía los esfuerzos de una niña mona por resultar fea y chunga.

Su carrera musical me es indiferente. No he escuchado entera ninguna de sus canciones. No, no digo disco, digo canciones. Ni he visto el vídeo de Wrecking Ball. No, nuestro rollo es otro.

Poco a poco comencé a verla de modo distinto. El personaje empezaba a parecerme divertido. Me da igual que lama un martillo, se fume un porro en la tele o se la chupe a un muñeco de goma. Todas esas cosas solo me divierten al imaginarme la cara de su padre ante cada nueva proeza de la nena. No tengo edad para tragármelo como signo de rebeldía ni mucho menos para escandalizarme en modo alguno. Quizá la imagen, las fotos con Terry Richardson, la actitud. Fuera lo que fuera, algo me llamó la atención.

Y entonces surgió el flechazo:

Como suela ocurrir con estas cosas, todo empezó con una broma. Colgué la canción en Facebook para hacer unas risas. Pero al final del día debía de haber visto el vídeo una docena de veces. Y durante la redacción de este texto, van cuatro más. De momento. Ahora ya sé qué me cautivó, más allá de la canción. Fue la frescura de hacer una versión, de un grupo inglés, contemporánea y hacerlo perfecto. En su puta vida Alex Turner va a alcanzar ese final. Dos segundos que siempre tendré en mi cabeza.

En la conversación de obviedades facebookeras que se desató, busqué otras versiones que hubiera hecho Miley anteriormente, con la convicción de que no encontraría nada más que chorradas. Pero Miley estaba empeñada en demostrar que es diferente. Atención puretas: Lilac Wine.

Desde hacía semanas, leía en Twitter que preparaba una versión de los Beatles junto a The Flaming Lips. Preparaba una versión de los Beatles junto a The Flaming Lips. No es una errata. He creído importante repetirlo. Pues bien, tuvo lugar este fin de semana. Simplemente se merienda a Wayne Coyne, nada raro, por otro lado, pero al final es ella la que lleva la canción, el show, la imagen, y lo hace sin peso, a su pedo. De verdad. A su lado, Coyne no es más que un mamarracho con maraca. Pero, un momento, ¿los papeles no están cambiados?

Al final lo he visto claro. Estas cosas son más fuertes que uno mismo. Y sí, ha sido culpa de la música. Una vez más. Y lo más increíble de todo, no a través de su música. Porque así no podía ser, dado que, insisto, jamás he escuchado una canción suya entera. Pero… primero Arctic Monkeys, ahora los Beatles, Jeff Buckley entre medias. ¿Qué te crees?, ¿que no sé leer entre líneas? No te preocupes. Vamos a disfrutar de lo nuestro.

¿Y los demás? Dejémosles haciendo exactamente lo que critican de ti. Juzgar algo solo por su apariencia, por lo que muestra. No por lo que es.

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Perdónanos, Junior (no sabemos lo que hacemos)

Ayer murió Junior. Antonio Morales, Junior, falleció a los 70 años en su casa. La noticia se movió con rapidez. Los principales diarios llevaron a su edición online un obituario apresurado en el que glosaban los méritos del difunto. ‘elpais.es’ destacaba que “el artista confesó que se refugió en la bebida. En 2008 publicó una polémica biografía titulada Mucho antes de dejarme, en la que reconocía que había sido infiel a su esposa”. ‘elmundo.es’, en Twitter, titulaba a Junior como “viudo de Rocío Dúrcal” y ‘publico.es’ daba vueltas de campana, rebotando una noticia de Europa Press que subtitulaba “Antonio Morales era cantante y actor, pero fue más conocido al casarse con la mítica intérprete de rancheras y por ser el padre de la vocalista Shaila Dúrcal y la actriz Carmen Morales”. Durante horas, el primer asunto de discusión en Twitter fue Rocío Dúrcal. Es evidente. Es este el país en el que vivimos.

Junior, además de casarse y tener hijos, hizo alguna otra cosa. Por ejemplo, una contribución esencial la cultura popular de su país. Muy probablemente por encima de su mujer, qué decir del caso de sus hijos. Junior, junto con Fernando Arbex, Manolo González y Juan Pardo, formó la primera banda de rock de la historia de España. Siempre que escribo estas cosas, pienso que vendrá alguien y me dirá con razón que no, que antes estuvieron tales. Quiero decir, banda de rock en todo su sentido. Los Brincos fueron los primeros en alcanzar el éxito con canciones escritas por ellos, en sacar, pegados a sus flequillos, los nuevos ritmos que llevaban una década sonando fuera. Porque no olvidemos, amigos, que estamos hablando de los primeros años sesenta, cuando aquí se vivía al dictado de un meapilas intolerante. Los Brincos empezaron a establecer una embrionaria industria, algo en lo que el resto de bandas pudieran anclarse. Salían en la tele, eran bastante pijos y en realidad inofensivos. Pero se lo tomaban en serio. Al menos lo suficiente para ejecutar canciones equiparables al entorno europeo. Algo no muy frecuente por estas latitudes. Insisto, 1965:

Sí, salían con capas, pero ahí acababa su tono cañí. La comparación comercial con los Beatles del principio, que les llevó a elegir ese nombre, pareció contagiar su carrera que, en cierto modo, fue paralela a la de los de Liverpool, a la ridícula escala nacional, claro. Banda que sobresale en el momento justo, tocando sus propias canciones, llega a un público amplio, supera el single para pasarse al elepé y explota en fenómeno de masas. Con frescura y chulería. Porque adoptar el sonido británico no significaba hacer versiones españolizadas, como era costumbre en la época.

La sombra de Los Brincos sobre la música española posterior es mayor de lo que cualquiera puede admitir. Solo con el paso de todo este tiempo, se ha recuperado su sonido, su visión y su ambición.

Después de Los Brincos, Junior, con Juan Pardo, se deslizó hacía un pop más sentimental, que encajaba bien con su languidez. Por el camino siguieron labrando clásicos, temazos que aguantan cincuenta años y ciento cincuenta más:

Pues bien, a este hombre, en España, se le va a recordar como el marido de Rocío Dúrcal (para la que paradójicamente, él mismo compuso canciones). A la que engañó. Y fue un borracho. Es decir, los mismos méritos que a Keith Richards (muchísimos menos con seguridad) le han valido la gloria eterna, a Junior solo le van a otorgar un recuerdo de couché emborronado. Otro más al agujero del olvido nacional, en el que todo cae y en el que poco a poco nos vamos escurriendo, mientras nos reímos de nuestra propia ignorancia y adoramos cualquier mamarrachada de fuera por los mismos argumentos que rechazamos una de aquí.

Probablemente esté sobreactuando. Pocas horas después, estos mismos medios ya publicaban artículos en los que sí se hablaba de la figura de Junior. Pero qué queréis. Para mí, y sé que exagero, es como si la mañana del 9 de diciembre de 1980 hubiera leído: “Asesinado John Lennon, esposo de Yoko Ono”.

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La música te salvará

Hace unos días, una persona que no había visto en veinticinco años me dijo una de las cosas más bonitas que nadie me ha dicho jamás: “Gracias a ti descubrí que la música puede salvarte”. Esta amiga recuperada pasaba en aquel entonces por un drama personal auténtico, no de esos que nos aterran a los trece años y pensamos que nunca seremos capaces de soportar. No, ella pasaba por un infierno real.

Desde siempre, desde que empecé a escuchar música, he experimentado un enorme placer en compartirla. Este blog no es sino una consecuencia de esto. Sé que a veces resulto pesado, pero no puedo descubrir una banda, un artista, una canción sin tratar de transmitir a mi círculo más cercano lo que yo estoy sintiendo. Ahora, con las redes sociales, esta manía ha llegado al paroxismo, pero siempre ha sido igual, antes con casetes grabadas, luego con cedés estampados, ahora compartiendo listas en Spotify (¿No habéis escuchado todavía Radio Sansculotte? Hmmm…).

Hace veinticinco años, Paz y yo compartíamos los discos de Radio Futura. En concreto La Canción de Juan Perro y un poco más tarde EscuelaDeCalor (El Directo de Radio Futura). Yo era el nuevo en el cole y ella la chica distinta, así que estábamos predestinados a juntarnos en clase y fuera de ella. Radio Futura fue el primer grupo del que me hice fanático, lo que si se une a la pasión con la que se vive todo a esa edad, es mucho decir. Recuerdo haberle hablado durante horas sobre esta o aquella canción, sobre el poema de Poe al que pusieron música, sobre los grupos en los que Quique Sierra había militado antes… Rápidamente la gané para la causa. Incluso llegamos a ir a un concierto del grupo en Las Ventas.

Todavía no sé cómo me hacen sentir aquellas palabras. Cómo digerir algo que ocurrió hace tanto tiempo, cuando ayudaste de modo involuntario a alguien muy cercano a ti a superar o, al menos, a aliviar una situación jodida. Sí puedo decir que detecté agradecimiento en su mirada. En cualquier caso, en los días posteriores, sus palabras siguieron dando vueltas en mi cabeza. Cuántas veces me ha ocurrido a mí. Cuántas veces la música me ha salvado. Cuántas veces, como dice el profesor que busca a Lennon en la bella película de David Trueba, Vivir es Fácil con los Ojos Cerrados, una canción te salva.

Cuántas veces sientes que no vas a poder escuchar música nunca más porque, a todos nos pasa, todas las canciones hablan de ti o, peor, todas te recuerdan momentos dolorosos o que, con el paso del tiempo y las cosas que te suceden, te hacen daño. Evitas este o ese disco y saltas las canciones en el iPod.

Pero la música es tozuda, porfía, no se rinde, siempre se abre paso. Siempre lucha por eso, por salvarte. Por llevarte a un nuevo lugar, apartarte de los malos pensamientos. Como un torrente, surgen nuevas canciones, nuevos discos, nuevos artistas. Nuevos mensajes, nuevas sensaciones, nuevas experiencias, nuevos temas que asociar a cosas distintas. No vas a olvidar lo que te ha pasado. Esa no es la idea. Se trata de decirte, de mostrarte, que todo sigue, que de ti depende aprovechar lo que pasa o quedarte anclado en sensaciones viejas. Entonces no solo son las canciones nuevas las que te llevan a nuevos lugares, sino que también aquellos malos recuerdos son suavizados por las canciones que te los evocaban. Y pasado el tiempo, no demasiado tiempo, ya ni tan siquiera sientes nada. Solo queda la canción, la música. Y tú. Tú tal cual eres.

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Inmóviles

Lo bueno de tener cierta edad es que puedes comparar el pasado con la actualidad. Puedes pensar, por ejemplo, en aquellos tiempos que los que no existía el teléfono móvil y ser consciente de las enormes ventajas que este aparato ha traído a nuestras vidas. Desde lo más relevante como salvarte la vida hasta lo más recurrente, como encontrarte en la noche.

Sin embargo, no podía ser de otro modo con cualquier ingenio humano, también tiene sus serias desventajas. Todos hemos experimentado las ganas de matar a alguien que, en medio de una reunión de amigos, no para de consultar el maldito aparato como si estuviera encontrando ahí el sentido de la vida. Sucede que, de modo absurdo, un dispositivo que está pensado para facilitar la comunicación entre las personas, en realidad, en muchos momentos la dificulta; y más absurdo todavía, en ocasiones estamos pendientes de conversaciones virtuales relegando las conversaciones reales y sustituimos por ridículos y pueriles iconos de caritas esa parte esencial de la comunicación humana que es captar las emociones, las intenciones y el estado de nuestro interlocutor a través de sus gestos, su tono y su mirada.

Cómo no, la música tampoco escapa de este fenómeno. El móvil nos ha permitido llevar nuestra música siempre encima, poder escucharla en cualquier situación y disfrutar de nuestros vídeos favoritos al instante. Pero también, de modo estúpido, no sabemos dejar de lado este aparato cuando lo que sucede a nuestro alrededor es real. Llevaba un tiempo sin ir a conciertos y últimamente me he vuelto a enganchar a este modo tan especial de vivir la música. En mi “regreso a los escenarios” he comprobado que lo de los móviles se nos ha ido de las manos. Realmente hay mucha gente que se pasa todo el concierto grabando o tomando fotos del artista o grupo. Realmente hay mucha gente que paga una entrada para acabar viendo el recital en una pantalla de tres pulgadas, todo para tomar fotos borrosas y con mala luz y vídeos que luego no hay ser humano que pueda ver o entender. Lo más curioso de todo es que la mayor concentración de móviles en alto se produce en el mejor momento de un concierto, la salida del grupo, con lo cual simplemente te lo pierdes por estar más atento a captarlo cutremente en tu teléfono. Pero luego siguen y siguen sin importar si molestan a la persona que está detrás o al lado. En uno de estos conciertos, una chica junto a mí se pasó buena parte de la actuación de Crystal Fighters apuntando con su teléfono al escenario. Perdí la cuenta de las veces que me clavó el codo en el hombro mientras yo bailaba.

Tan exagerado es el asunto, que hasta las bandas han empezado a llamar la atención a sus propios seguidores, un hecho sin precedentes en la historia del rock. Los primeros fueron Yeah Yeah Yeahs que conminaron a sus fans mediante carteles en las salas donde tocaban a “guardar esa mierda” y disfrutar del concierto en vivo, nunca mejor dicho.

Yeah, Yeah, Yeahs

Después, la banda de moda, Savages, hizo lo propio de un modo menos explícito, pero pidiendo incluso que se silenciaran los móviles.

Savages

Los últimos han sido She & Him que, con un estilo más imaginativo, animan a los asistentes a sus conciertos a seguir el espectáculo con sus propios ojos, toda vez que se esfuerzan por hacerlo “en 3D”.

She & Him

Yo personalmente, he decidido guardarme mi móvil en las conversaciones y en los conciertos y creo que la única relación entre los teléfonos móviles y la música puede ser para escucharla o para protagonizar temazos como este:

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Prejuicios

Hace un par de meses mantuve una discusión con dos amigos, Alina y Javi. La concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes a Michael Haneke y el casi simultáneo fallecimiento de Alfredo Landa, que se fue sin él, provocó que iniciara una de mis clásicas imprecaciones contra la costumbre española de valorar más lo que viene de fuera que lo que se hace aquí. Y de paso di rienda suelta a uno de mis prejuicios: suelo desconfiar de todo aquello que se convierte en una especie de dogma de la modernidad y el buen gusto entre la gente de cierta cultura, ya sea Haneke, Murakami o Arcade Fire. Y en este caso, no podía ser un prejuicio más evidente. La discusión se acabó cuando ambos, a coro, me preguntaron “¿Pero has visto alguna película de Haneke?”. “Hum… no”, confesé.

Ya sé que, en el discurso, nadie tiene prejuicios. Pero eso es simplemente falso. Todos tenemos algún odio o, al menos, reparo hacia algo o alguien sin más base que nuestro antojo. En mi caso, admito, mi avance en el conocimiento de la música ha sido, en buena medida, una lucha contra mis propios prejuicios. Ya he dicho alguna vez que mis primeras bandas fueron de punk-rock y La Movida. Desde Sex Pistols, Ramones, Clash y Damned, Eskorbuto y Kortatu a Alaska y Pegamoides y Radio Futura, como concesión lírica. Ese era mi espectro musical, nunca mejor dicho, alrededor de los 13 años. Y en aquel entonces, el punk estaba enfrentado al heavy metal. Así que por definición, odiaba a los grupos heavies de la época, sobre todo ACDC, Iron Maiden y Scorpions. Miraba con desprecio a sus fans, sus camisetas sin mangas y sus Yumas. Y nunca, jamás, se me ocurría pararme a escuchar ni una sola nota de aquello. Y así fue hasta que un par de años después, un amigo con un hermano melómano prácticamente me obligó a escuchar a Led Zeppelin. Y casi inmediatamente se convirtió en uno de mis grupos preferidos. Y desde ellos, todos los demás.

Vale, había avanzado. Me convertí en un sólido defensor de la formación clásica del rock: cantante, guitarra, bajo y batería, y punto. Es decir, en cuanto asomaba un sintetizador torcía el gesto. Un grupo que solo empleara este instrumento o fuera parte esencial de su música, quedaba automáticamente eliminado. Pet Shop Boys o Depeche Mode me parecían mariconadas sin ningún valor, algo que cualquiera podía hacer. Basura electrónica. Y así fue  hasta que en 1995 cayó en mis manos una casete.  Las tres primeras canciones grabadas eran los tres temas que abren Exit Planet Dust de Chemical Brothers y los tres siguientes, Their Law, Voodoo People y Poison de Music for the Jilted Generation de The Prodigy. Aquellas seis canciones cambiaron mi vida. De pronto no solo descubrí que la electrónica molaba, si no que molaba mucho. Que tenía la misma fuerza que el rock que yo estaba harto de escuchar, la misma mala leche que el punk y la misma tralla que el heavy metal. Que instrumentos o aparatos electrónicos no eran más que meras herramientas para hacer lo que a mí me gusta: música que te moviera el cuerpo y la cabeza.

Tanto fue así que durante los años siguientes prácticamente solo escuché música electrónica: break beat, drum ‘n bass, por supuesto trip hop. Y claro, recuperé a Pet Shop Boys y a Depeche Mode. 

Pero sobre todo, en ese proceso la música me ha enseñado que es absurdo tener prejuicios en el momento de apreciar la obra de un artista. No tiene sentido dejar de disfrutar de The Smiths por suaves, de Michael Jackson o Madonna por comerciales o de Sade por melódica. En realidad, he comprendido, aunque muchas veces no lo parezca, como en el episodio Haneke, que el único que pierde con los prejuicios es uno mismo.

Decía el Albert Einstein en una célebre frase que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Es probable que en esto fuera en lo único que estaba equivocado el viejo, viejo tío Alberto.

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Solo música

Me ha ocurrido solamente una vez en la vida, pero fue realmente duro. Una sensación entre la sorpresa y la impotencia, entre la incredulidad y la rabia.

Había ido a la Fnac a comprar el segundo disco de Los Brincos, Brincos 1966, y para mi asombro no estaba, pero “podían pedírmelo”. Raro en mí, dije que sí. Unos días después, un SMS me anunciaba que ya estaba disponible en tienda. Lo adquirí, fui a casa, lo puse, y entonces, el horror. Pese a que la cubierta del cedé, la galleta, todo, decía que era un disco de Los Brincos, cuando lo puse lo que sonó fue Ska-P. (Supongo que, técnicamente, se puede decir que una vez puse un disco de Ska-P). El caso es que en mi reproductor empezó a tronar esa absurda mezcla de pachanga y ritmillo simplón en lugar de este temazo:

Ya digo, fue la única vez que me sentí decepcionado por la música. Que la música no me dio lo que esperaba de ella. Aunque en realidad, fue algún torpe operario que se equivocó de palanca y estampó la pegatina equivocada en los discos erróneos.

Porque la música en realidad nunca me ha decepcionado. De hecho, es lo único que jamás me ha dejado mal sabor de boca. Es seguramente el motivo por el que la adoro, por el que desde muy pequeño soy adicto a ella, por el que lo seré siempre. Esa cualidad para dar con la tecla justa de tus emociones. Para removerte desde lo más profundo, para evocarte o hacerte olvidar. Todo eso al alcance de un gesto tan simple como extraer un trozo de plástico de una caja y ponerlo en un equipo de sonido. Sin exigencias, sin condiciones, dobles sentidos ni falsas interpretaciones. Sin esperas, muchas veces vanas. Sin escrutar cada recodo de tu personalidad. Todo eso le da igual. La música se da al cien por cien, seas como seas. Te abraza cada vez que lo necesitas, te mece cuando lo pides, te zarandea cuando lo que precisas es un buen meneo. Todo lo que tú pidas, la música te lo da. Y nunca cambiará y dejará de hacerlo.

Te transmite la alegría más simple y directa, te arranca una sonrisa justo en el momento en el que tú lo demandas. Sin pedirte nada a cambio. Sin recordártelo a cada instante para exigirte una contraprestación:

O te acompaña en tu tristeza cuando lo que quieres es regodearte en tu dolor, sin falsas esperanzas, sin frases hechas que traten de aliviarte cuando tú no quieres alivio, entendiendo que es así como te sientes y que su misión no es cambiar tu estado, si no simplemente estar ahí:

Siempre ahí. Para acompañarte. Siempre a tu lado. Para hacer tu vida más soportable. Para darle el sentido que todos buscamos a lo que nos sucede. Para, si la escuchas con atención, contarte cosas que de ningún otro modo podrías comprender.

Por eso, cuanto más conozco a las personas, más discos me compro.

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Acordes

Milo Manara marcó mi adolescencia. Bueno, esto, que es un lugar común, en mi caso fue un poco más allá del, admitámoslo, inicial acercamiento procaz. Pero además de aquellas mujeres perfectas, (no, perdón, per-fec-tas) dibujadas con una frágil y segura línea negra, que se han clavado en el inconsciente de varias generaciones, empecé a ver los paisajes, los edificios, barcos, la selva, aquellas recreaciones, todo con el mismo trazo sencillo que solo está al alcance de los genios.
A parte de El Clic, las colaboraciones con Hugo Pratt o Jodorowsky (¡glups!) y demás obra, existen dos álbumes que recopilan historias cortas. En La Apariencia Engaña, Manara describe, en dos páginas, la llegada de John Lennon al Cielo tras su asesinato, y la que allí monta cuando irrumpe gritando Sargent Pepper’s… En esa misma recopilación está Fone. Esta corta historieta cuenta la odisea espacial de un humano y un extraterrestre varados en un planeta abandonado. Aquella civilización había construido, antes de su exterminio, una máquina que combinaba aleatoriamente todas las letras del abecedario y de este modo componía libros sin parar. Así, por pura estadística, la máquina había escrito millones de libros absurdos y, al mismo tiempo, todas las obras maestras de la literatura. Y también, había escrito la propia aventura que estaban viendo los dos personajes. El alien encuentra el libro que lo describe, y simplemente leyéndolo, consiguen salir del planeta, no sin algunos pasajes curiosos y muy Manara (sí, se las arregla para meter un pibón en la historia). Algún loco ha fotografiado el cómic viñeta a viñeta y lo ha colgado en Youtube en italiano original.

No sé porqué me vino esta historia a la cabeza cuando hace unas semanas mantenía una discusión en Facebook (tengo que dejar de hacer estas cosas) a partir de este vídeo:

Al principio la conversación derivó en la poca calidad de las canciones comerciales que usan cuatro acordes, todo pobre, para tener éxito rápido y de alguna manera, que todas las canciones eran iguales. Pero entonces pensé que se trata exactamente de eso. De la simplicidad. Es lo que tiene la música. Este vídeo, muchísimo más gracioso, lo describe mejor que el alocado de antes:

Es entonces cuando entiendes que es cierto que el primer lenguaje del hombre fue la música. Mejor dicho, que el ser humano habla porque empezó cantando, imitando los sonidos de la naturaleza. Cuando se dispone de un arma como la armonía, basta con crear un código, un lenguaje, a partir de cuatro elementos que poder combinar hasta el infinito. Y además, añadirle a ese código el tono, la forma perfecta para expresar cosas absolutamente dispares, contrarias, tan lejanas como Let it be, No Woman, No Cry, Under the Bridge, Take on Me o Self Esteem. Y que esta expresión, por su simpleza y su entronque con lo más primitivo, llega por igual a seres humanos de lugares y culturas dispares, que no pueden compartir nada más, porque no pueden entenderse de ninguna otra manera.

Efectivamente, como decían algunos de los participantes en la conversación, hay estudios universitarios que avalan que toda la música pop suena igual, pero no es porque falle el código, es porque falla la imaginación.

Alguien comentó (no voy a atribuirme ideas brillantes porque cantaría) que eso de los cuatro acordes era simplemente como la pintura. Con los mismos tres colores se han pintado las Cuevas de Altamira, Las Meninas y el Guernica. Es exactamente así. Con una diferencia. La música es algo inmaterial, que poco depende de los elementos externos como sí puede ser la pintura. Puede objetarse que eso sucede con los instrumentos, pero, aparte de que estos han sido creados por el hombre, éste dispone del más bello y potente de todos: la voz.

Y con la literatura, la comparación no se sostiene. De algún modo, podría existir una máquina que componiendo libros aleatoriamente día y noche creara las grandes obras de la literatura, incluidas las del futuro. Pero os garantizo que jamás existirá una máquina que, a base de combinar tres acordes, pueda expresarse así:

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