Sinfonía de destrucción

La distancia que separa la música clásica del pop y del rock es mucho mayor que la que hay entre el teatro y el cine, por ejemplo.

Pese a ser dos manifestaciones del mismo fenómeno, la música, discurren por sendas paralelas que casi nunca se tocan. Cada una, fiel a sus atribuciones, atrincherada en la actitud de su público e ignorante de la otra.

La música clásica siempre se relaciona con alta cultura, sensibilidad cultivada, modales finos y público contenido y esnob, de esos que, para hacer patente su entusiasmo, hacen sonar las joyas, como dijo Lennon. La música pop y rock, por el contrario, se relacionan con hordas idiotizadas, sudorosas y alcoholizadas, que se aglomeran en manadas irracionales para saltar al ritmo de cualquier sonido inconexo o grito gutural. Solo hace falta acudir a la entrada sobre música popular en la Enciclopedia Británica para percibir la diferencia o comprobar cómo muchos discos llevan advertencias para los padres adheridas a las portadas, mientras que Mozart es, al parecer, muy recomendable para los fetos.

Y muchas veces es mejor que sea así, que cada tipo de música siga su camino. La pasada semana, Sting trajo a España su gira Symphonicities con la que presenta el disco del mismo título en el que repasa alguno de sus temas clásicos acompañado por la Royal Philarmonic Concert Orchestra, ni más ni menos. Y uno piensa, ¿cómo sonarán estas canciones con arreglos orquestales? Vale que las más modernas ya son un tostón por sí mismas, pero sus viejos temas punk, ¿cómo se adecuarán al violín, la viola y el violonchelo? La respuesta está clara: mal:

No es el único ejemplo. Los hay aún más audaces. En 1999, Metallica sacó el disco más inaudito de su carrera. S&M es una revisión de sus grandes éxitos en compañía de la Orquesta Sinfónica de San Francisco. Qué pretendían al mezclar los guitarrazos más aterradores de final de siglo con los clavecines y las flautas traveseras, es algo que sólo ellos pueden revelar. (¿Acaso aprovechar la idea previa de Apocalyptica?). A los demás nos sorprendió cuando tuvimos la primera notica, cuando escuchamos el disco en su momento y aún hoy en día:

Ni a Sting ahora, ni a Metallica entonces pareció importarles lo más mínimo que, claramente, las canciones no funcionaran, que se notaran demasiado los arreglos forzados, que la orquesta fuera por un lado y ellos por otro. ¿Su fin justificaba esos medios? De verdad, ¿cuál es la intención de los músicos detrás de estas tropelías? ¿Dotar a su repertorio de un toque distinguido, elevado, por encima de la chusma eléctrica al uso?, ¿justificar entradas a 150 euros detrás de un pretendido espectáculo de fusión entre la música clásica y las canciones que llevamos años escuchando? Si la finalidad es llevar sus composiciones al altar de Mozart o Beethoven, deberían plantearse qué tiene de malo el de Gordon M. Sumner o el de Hetflied, Ulrich, Burton y Hammett.

No defiendo que no pueda hacerse. Muy al contrario. Son muchas las maneras de que la unión entre la música popular y la clásica puede funcionar. Un ejemplo es realizar el camino inverso. Crear una composición a partir de una pieza clásica, no tratar de forzar una canción ya existente a un formato al que difícilmente se adecúe. Como Rufus Wainwright, que utilizó el conocido y efectista Bolero de Ravel:

Pero la adaptación que intentaron Sting y Metallica también puede tener éxito. En 1998, Portishead grabó un delicioso e impresionante disco junto a la New York Philarmonic Orchestra. Roseland NYC es un álbum en el que los instrumentos clásicos se unen nada menos que los scratchs de un DJ con sentido y eficacia. En el que la orquesta suena como un elemento más, destinado a un objetivo común: alcanzar una sensibilidad nueva y escalofriante. No para llevar las composiciones del grupo a un lugar distinto y artificial, si no para asentarlas definitivamente en el espacio para el que fueron compuestas, despertar en nuestro cerebro sensibilidades que ni tan siquiera éramos conscientes que pudiéramos sentir:

Por último, el cine también puede dar un nuevo sentido a la música “culta”. Las cualidades que suelen asociarse con las composiciones clásicas son ideales para crear tensión entre lo que se cuenta y lo que se escucha. Si de una ópera se espera que nos transmita sensibilidad, delicadeza, ensoñaciones y poesía, quizá sea entonces la banda sonora perfecta para que, una imagen a la que el cine nos ha habituado como es un bombardeo, se convierta en algo completamente diferente, turbador, brutal:

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