Dinosaurios adictos al éter

Julio es un gran tipo. Inteligente, sensible; una de sus aficiones es coleccionar sellos. Sellos, cartas antiguas, mapas. Cualquier material que haya viajado desde el pasado remoto hasta la actualidad, en mejor o peor estado, pero que suponga una comunicación inverosímil entre su lejano autor y él. Me lo puedo imaginar buceando en raídos anaqueles de pequeñas tiendas atestadas de papeles. Puedo sentir su alegría cuando encuentra un pedazo de papel de un centímetro cuadrado, que quizá solo tiene sentido para él, para los que son como él.

Yo soy como él. La única diferencia es que la pasión que Julio experimenta por viejos papeles, yo la tengo con los discos. En cedé o en vinilo, pero con entidad física. Un trozo de plástico, dentro de una funda, acompañado de un librito. Algo que pueda palpar.
Si te paras a pensarlo, no parece que tenga ningún sentido. Todos los que disfrutamos de la música, en realidad somos adictos al éter. La música no tiene entidad física. Son meras ondas que se propagan haciendo chocar las moléculas del aire, desde los altavoces a los tímpanos. Eso es todo. Qué importancia puede tener si la música sale de un disco plateado o de un archivo informático comprimido.

O quizá sí tenga importancia. Quizá la música sea algo más. Quizá los adictos al éter estamos dejándonos engañar. Quizá estemos comulgando con unos cambios que alteran nuestra pasión en términos que ahora ni imaginamos.

Estamos tolerando que hoy en día pretendan vendernos música en .mp3. Desde que la música empezó a ser un negocio de masas, allá por los años 20, la industria y la tecnología se preocuparon de ofrecer cada vez mejores soportes, más calidad, más texturas en cada grabación. Conscientes de que la música es una cuestión de leves matices, de pequeñas apreciaciones, de ligerísimos detalles, se pasó de los discos de pizarra a los de plástico y después a los formatos de grabación digital, sin olvidar aquellas casetes magnéticas. Del mismo modo que del mono se cambió al estéreo. Todo para tratar de reproducir con la mayor fidelidad (Alta Fidelidad), cómo capta el oído la música en directo.

Sin embargo, hoy en día la revolución implica que la música se comercializa en un formato peor que su predecesor. Es fácil de comprender con una simple ecuación. Los archivos de la música en un cedé, .cda, pesan alrededor de 40Mb para una canción de cuatro minutos. La misma canción en .mp3 pesa unos 3Mb. Por el camino se han perdido los fade-out, las escalas vocales en los coros, los instrumentos esbozados de fondo, horas de mimo en la producción, toneladas de imaginación en la composición y años de perfeccionamiento en la interpretación. Es lo que Umberto Eco define como avanzar a paso de cangrejo: “El estadio siguiente de este retorno triunfal de la Galaxia Gutenberg sería la supresión radical de la imagen. Se inventaría una espacie de caja pequeña, que solo emitiría ruidos y no necesitaría ni mando a distancia, puesto que se podría zapear haciendo girar un mando. Creía que se había inventado de nuevo la radio y estaba vaticinando, en cambio, la aparición del iPod”.

Ya no es relevante la calidad. Ahora, los nuevos paradigmas son la velocidad y la cantidad. Hay que tener el mayor número posible de canciones, de discos y rápidamente. Ya. “Virilio habla de una época dominada, yo diría hipnotizada, por la velocidad. (…) estamos tan acostumbrados a la velocidad que nos enfadamos si el avión se retrasa o el correo electrónico tarda en descargarse”, sentencia Eco. Por eso, una ADSL de 20 Mb para bajarte un disco en décimas de segundo y luego, otro, y otro, y otro… La discografía entera de los Beatles, los Rolling, Queen, Radiohead, Pearl Jam. Acumular más música de que la que podrías escuchar en tu vida, porque efectivamente, no vas a escucharla en tu vida. Ya no se aprecia. Ahora se acumula.

También estamos permitiendo que desaparezca todo lo que rodeaba los soportes musicales. En beneficio de nadie sabe qué, desaparece un elemento indisociable de las grabaciones. Las portadas empezaron siendo amplios lienzos de 30 por 30 centímetros, que hasta reputados artistas como Warhol o Peter Blake utilizaban para expresarse. Así podíamos pelar un plátano, bajarle la cremallera a Joe Dallesandro, jugar a adivinar a cuántos personajes lográbamos identificar o descubrir qué figuras aparecían tras el troquelado de Led Zeppelin III.

Cuando la cosa cambió a 12 por 12 centímetros, muchos grupos y diseñadores supieron sacarle también partido. Como la superposición de solapas para formar una rosa de Beautiful Garbage, el orificio en forma de “Agujero de Alicia” de In Between de Jazzanova, o los paisajes superpuestos que suele crear Of Montreal.

Hoy en día, las portadas son sellos (en el sentido peyorativo), que solo pueden servir de vehículo de expresión a los artistas que escriben Biblias en granos de arroz. Reducidas a la esquina inferior izquierda de los programas de reproducción y exhibidas en efectistas cover-flows , que solo son una muestra más del engaño. Una presentación espectacular para un fondo hueco.

Pero mucho más allá de estas pérdidas, hay una cuestión sentimental. No me imagino a Julio dejándose engañar así. Sacrificando su pasión en función de la cantidad, del puro acaparamiento o de la facilidad para conseguir sus pequeños tesoros. No creo que él se conformara con tener más sellos, aunque estos fueran meras fotocopias en calidad profesional. No creo que otorgara ningún valor a unas cartas antiguas recreadas digitalmente.

Sé que soy un dinosaurio. Sé que en dos o tres años el formato físico desaparecerá. Y con él desaparecerán esas sensaciones que todo amante experimenta por el objeto de su pasión. Hace unos años busqué un disco ni demasiado antiguo ni demasiado ignoto, sin lograr encontrarlo. Al final lo solicité a Amazon, con la certeza de que esa sería la única manera de conseguirlo. Me equivoqué. Días después de hacer el pedido, recibí un email en el que me decían que era imposible servirme el disco solicitado, porque no estaba disponible ni en los almacenes de la discográfica. Sorprendido, me resigné. Bastante más tarde, echando un aburrido vistazo en las estanterías de M. F. Records, la pequeña y mítica tienda de discos de la ronda de Valencia de Madrid, lo encontré. Esa sensación, el hallazgo de lo seguramente era una joya solo para mí, no es algo que pueda describir aquí:

Ps: Hoy esa pequeña tienda es un establecimiento dedicado a los arreglos y composturas de ropa. Estamos en el tiempo en el que es más rentable abrir una tienda para remendar pantalones, que para vender discos.

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5 respuestas a Dinosaurios adictos al éter

  1. ¡Hola!

    Soy Ricardo, el pesao que siempre te lleva la contraria en estos temas 🙂

    Aunque en esta ocasión estoy de acuerdo en casi todo lo que dices, no puedo evitar leer entre lineas (o no tanto) un capítulo más de la discusión que tanto anima tu muro de facebook de vez en cuando. A lo cual solo tengo que decir que el mundo cambia y que por mucha nostalgia que sintamos por el telégrafo, hay que reconocer que los móviles son mucho más prácticos hoy en día.

    Eso no quita que sea cierto que la calidad de un CD es superior a la de un mp3 (y eso sin hablar de los vinilos). Muy poco superior, eso sí, si hablamos de un mp3 en máxima calidad. Y desde luego de una diferencia inapreciable si lo estamos escuchando a través de los altavoces de un ordenador.

    No es tanto que los formatos hayan cambiado, como que los equipos con los que se escucha música han cambiado.

    Y por último quiero señalar a quien considero los verdaderos culpables de la pérdida de calidad en la música que se produce hoy día, cómo no: las discográficas, las radios, las audiencias y el sistema de promoción. Aquí un interesante artículo sobre la guerra del volumen.

    • En absoluto pesao, Ricardo… siempre mola saber que te leen y más si lo hace gente preparada!

      Sí, claro, cuando hablo de que avanzamos hacia atrás también me refiero a los sistemas de reproducción.

      Sobre los culpables. Bueno, tienes razón… pero siempre pensé que el cliente era el que exigía y el proveedor el que se plegaba a esas demandas. Ahora me parece que es al revés.

  2. JAM dijo:

    Me he sentido completamente identificado con tu artículo (incluso he encontrado joyas en la extinta MF). Desgraciadamente la gente quiere acceso libre a la música para descargarse megas y más megas y poder vacilar ante sus amigos de que tiene una versión reggae hecha por un grupo finlandés de un tema de Led Zeppelin que mola mucho (de la que ha escuchado 30 segundos en el mejor de los casos y que jamás volverá a escuchar). Asisto con desolación a la desaparición del CD, como supongo que mis mayores asistieron a la desaparición del vinilo. La música (para muchos de nosotros) es un culto y como tal se debe a unos ciertos ritos. Desgraciadamente para la mayoría es un producto (o un subproducto, porque encima debería ser gratis y de acceso universal). En fin, será que me estoy haciendo viejo…

    • Sin duda nos hacemos viejos… Sin duda vamos contra corriente… Sin duda somos víctimas de un tiempo en el que hay que explicar con todo lujo de detalles y justificaciones lo que es evidente.

      Gracias por tu comentario.

  3. el canario dijo:

    “La gente necesita aferrarse a los objetos para hacer memoria, no se conforman solo con el recuerdo de lo que una vez pasó”.

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/vinilo/especie/peligro/extincion/elpepucul/20110323elpepucul_11/Tes

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