En catalán

Hace unos meses, perdón por la desactualización, el grupo catalán Manel alcanzó el número uno de ventas en las listas de discos más vendidos en toda España. El fenómeno de grupos y solistas semi-desconocidos que se convierten en número uno con ventas modestas, es tema de otro análisis.

Manel logró que, en una semana, 10.000 personas acometieran la ciclópea labor de coger su copia de 10 Milles Per Veure Una Bona Armadura de la estantería, ir a la caja y desembolsar el importe del cedé. Cabe pensar que un buen número de estas personas residen en Catalunya, comprenden el idioma y conocen a la banda; pero también que un número significativo de compradores viven en otros lugares y no hablan catalán.

Y esto es noticia y genera análisis, algo que solo sucede cuando alguna canción o un disco en catalán consigue filtrarse al resto de España. Porque la relación del público español con la música catalana y en catalán es equivalente a la actitud de los españoles con los catalanes, en algunos casos. Fría desconfianza cargada de prejuicio político. En ambas direcciones. Así, cada vez que se oía una canción en catalán, desde que salió de la clandestinidad, se ejercía una función política más que sensorial.

Los ejemplos son de sobra conocidos. Dos de ellos del mismo año: 1968, cómo no. Primero Serrat, propuesto para representar a España en Eurovisión solicita cantar el tema, La, La, La, en catalán. Tras recuperarse de los infartos, los gerifaltes franquistas lo vetan durante años y, en un refinado acto de venganza, lo sustituyen por Massiel.

Poco después, el cantante valenciano Raimon entona Al Vent, el tema que desde años antes representaba la lucha contra la represión franquista, en un concierto ilegal (valga la redundancia) en la Universidad Complutense.

En ambos casos, nada tenía que ver con la cuestión musical. Al final se trataba de ocultar un mensaje de apertura en tontismo yeyé o exigir libertad ajustándose a los cánones folkies imperantes.

De la instrumentalización pasamos a la ignorancia. Ningún grupo catalán formó parte de la nueva ola cantando en su idioma y mientras, músicos como Loquillo se quejaban de tener que emigrar de Catalunya si quería cantar rock y en castellano. Solo Sopa de Cabra o Albert Pla lograron cierta resonancia fuera de Catalunya, a mediados de los noventa. Así hasta hoy, con grupos como Love of Lesbian o Sidonie que solo consiguen saltar al gran público cuando graban discos en castellano.

Sin embargo, nada de todo esto es real. Y es peor que imaginario, es creado. Interesadamente manipulado. Tengo la sensación de que no existe ese salto, esa división entre los idiomas. No es lo que percibes cuando te encuentras en Catalunya y te relacionas con la población autóctona. Nadie hace una bandera del modo en que se expresa contigo, ni tú te sientes en la necesidad de hacerlo. Es una pura cuestión de convivencia.

Entonces surge la cuestión, ¿de dónde viene todo esto?, ¿por qué es un asunto sobre el que se escribe y se dice de todo? No parece que sea algo que esté en el día a día. Ni en Catalunya ni fuera. Un grupo catalán hace un disco en catalán que mola y la gente ya no se pone a pensar en el idioma en el que canta el tipo, entre otras cosas porque está cansada de escuchar letras que no comprende. La gente, va y lo compra. Y cuando estás en Barcelona, ves a personas que hacen el esfuerzo de hablar en castellano entre ellos cuando estás tú presente, pese a que su modo de expresarse sea siempre en catalán. Y aquí, Serrat llena cualquier escenario en el que cante, así lo haga en castellano o en catalán. Porque cuando se baja a pie de pista, no parece que sea una cuestión social, si no política.

¿Entonces, cuál es la realidad? Una vez más hay que pensar si aquellos que deben cuidar por la compresión y el respeto entre personas distintas, no estarán actuando en sentido contrario. Si hay quién trata de mantener un estado de las cosas artificial, a partir de un conflicto que la realidad desmiente. Y en función de esa realidad paralela se legisla, en uno y otro bando, más a beneficio del legislador que del ciudadano.

Pensar si los que deben formar a la población y mostrarles realidades diferentes, no están utilizando estás particularidades para excluir y enfrentar. Si hay quien puede ganar sembrando la cizaña, acentuando las fricciones que una composición social así puede generar.

Y cabe preguntarse si, al final, todo esto no se nos volverá en contra:

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