Bob Dylan y el 15-M (Bob Dylan’s Last Lesson)

Ilustración por Jabos

Ilustración por Jabos

Cuando el 15-M desaparezca, no dejará ningún recuerdo. No entro a valorar sus intenciones, acciones o propuestas, pero el 15-M es un movimiento sin poesía. Y dado que a lo más que han llegado es a ocupar (okupar, quería decir) una plaza durante un mes, la otra manera de pasar a la memoria, la incruenta, es a través de la poesía.

La Transición está siendo repetida ad nauseam porque es perfecta para mostrarse, escucharse y recrearse con alguna ayuda para la imaginación. Y esa ayuda no falta. Frases solemnes, canciones-mensaje y fotografías como iconos. Como Mayo del 68, Los Claveles en el 74 o Estados Unidos también en los sesenta, a causa de Vietnam.

Eso es algo que Bob Dylan sabe bien, no en vano pasará al Olimpo humano gracias a su poesía. Con la sencillez de una idea clara y una legión de seguidores con el mismo talento, le dio a su opción ideológica un lugar que no habría alcanzado de ningún otro modo. De pronto, millones de personas, en decenas de países, tenían acceso a otra verdad a través la voz atiplada de un enclenque.

Cuánto influyó eso es su época, es motivo de debate. La influencia, hoy, está fuera de toda duda.

El 15-M está en las antípodas de todo eso. No es desdeñable que sea un efecto secundario del consumo de producto copiado, pero lo cierto es que después de seguir cientos de enlaces en Facebook, Twitter y toda la retahíla, no he sido capaz de recordar una sola canción, una frase afortunada, una imagen que resuma el movimiento. Luego he buscado por ahí y he encontrado unos gritos reivindicativos y una canción.

Sobre la inveterada incapacidad hispánica para expresarnos en grupo con gracia, coordinación y originalidad no hace falta insistir. Tanto este tipo de manifestaciones como las aficiones futboleras, han demostrado que el gracejo cañí presenta deseconomía de escala.
Vamos con la canción:

La canción, en el fondo, es una buena síntesis del movimiento en sí. La letra guarda buenas intenciones pero se desvanece hasta el sonrojo por la amalgama de ideas, referentes y esdrújulas; mientras que la música no pasa de ejercicio parroquial de barrio obrero.

¡Ay, cuánto podría enseñarles el viejo Bob! Aunque él ya no está interesado en la poesía, en la de este tipo al menos. Eso es algo que ya no podrán aprender de Bob: el poder de la poesía. Pero sí ha dejado una lección, quién sabe si la última, que merece la pena escuchar.

En 2001 se eligió Beijing como sede de la XXIX Olimpiada. Por el camino se obviaron nimiedades como los derechos humanos, Tiananmen o medio siglo de pensamiento único, partido único, hijo único. Era justo que 1.200 millones de personas pudieran disfrutar de semejante evento.  A ver si animamos un poco el país y convertimos esa quinta parte de la Humanidad al consumo. Maoísta, eso sí.

Pues después de eso, hay un premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, en la cárcel por su activismo pro Derechos Humanos y el artista Ai Weiwei fue detenido el pasado 3 de abril, encarcelado y liberado con fianza, acusado de delitos económicos que ocultaban su depuración por mostrarse contrario a los dictados del partido.

Después de eso, hay un tipo con suerte que llega allí a dar un concierto, solo tres días más tarde de la detención de Ai Weiwei. Tiene un pequeño defecto. En su juventud, enardeció a las masas con unas cuantas canciones hippies. Pero eran masas contra la guerra de Vietnam, casi rojos. Además,  eso no es nada que no se pueda arreglar pactando el repertorio. Nada de The Times They Are A-changing ni Blowin´ in the Wind. Ni un poquito de Only a Pawn in Their Game. Nada, mi comandante.

Además, Bob Dylan se ha cansado de tocarlas. Lleva 50 años dale que te pego a los mismos acordes y él ha compuestos cientos, miles de canciones mejores. Le da igual que entre el público haya un solo muchacho que ha ido allí no a escucharle a él, si no a sentir su poesía. A oír cómo una persona, desde un escenario, ante un micrófono, se pregunta cuántos años necesita el mar para disolver una montaña, cuántos años puede existir un pueblo hasta que le permitan ser libre.

Esa es la última lección de Bob Dylan. Ha decidido que si la situación estaba jodida en el 65 y lo está ahora, él ha sido un tipo con suerte y no le toques más las narices. Las cosas van a estar jodidas siempre y no hay nada que hacer, que no sea sacar partido, claro.

Y si no tienes suerte, mala suerte.

PS: Ahí va el enlace con el anuncio de su bolo en Beijing. Que quede constancia:

PS2: Jabos, el ilustrador, discrepa de la premisa expuesta en este post y ha querido hacerlo patente en la firma de su dibujo. Dado que este es un espacio con libertad de expresión y pensamiento, ahí ha quedado.

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