Cuatro chicos con problemas

Mucho tiempo y todavía no hemos hablado de ellos. Cuatro chicos con problemas. Vemos siempre una imagen de The Beatles (en adelante, los Beatles) divertida, perseguidos por hordas de muchachas gritonas, disfrutando de la vida de estrella del rock que ellos mismos estaban forjando. Sin embargo, una de mis anécdotas preferidas del grupo refleja un lado muy distinto. No he podido colgar la escena por temor a que los dueños del legado de la banda, Yoko Ono básicamente, decreten una fatwa contra mí.

En los últimos momentos del grupo, enero de 1969, Paul McCartney tuvo la brillante idea de hacer un Gran Hermano de los Beatles (por cierto, otro hito pionero que se apuntan: el invento de los reality). El objetivo era grabar todo el proceso de concepción, composición, ensayo y grabación de un disco de los Beatles en los estudios de Twickenham para hacer una película. Grababan todo. Las cámaras los seguían ocho horas al día. El resultado de lo que estaba siendo la gestación de Let it Be fue un ambiente de tensión insoportable:

Aparecía en el último capítulo de la imprescindible Antología y Scorsese recuperó la secuencia en su film sobre George Harrison. Paul y George ensayan una canción y el primero da unas indicaciones al segundo. George salta, no estalla, es todo flema, pero discute con el líder y le acaba diciendo que tocará como Paul ordene, ahorrándose el más castizo “para lo que me queda en el convento…” ¿Qué hay detrás de esa secuencia?

Seguramente nada. Es un momento normal en cualquier colectivo humano sometido a la presión de hacer otra obra maestra, rodeados de cámaras y con Yoko Ono languideciendo por ahí. Lógico. Pero, quizá, sí esconde algo más. Quizá es la expresión de una carrera de nueve años que lo cambió todo. El peso de una revolución social global en los hombros de cuatro chicos obreros de una ciudad obrera.

El peso de haber creado una nueva y potente clase social. Desde siempre, pero especialmente en el siglo XX, la juventud, entendida como colectivo, no fue más que masa obrera y, sobre todo, carne de cañón para matanzas a conciencia de justificación variable. De hecho, la juventud no existía como tal. De la infancia, corta, se pasaba a la edad adulta. Después de la Segunda Guerra Mundial, la más atroz masacre de vidas en su plenitud, el mundo se organizó del mismo modo. Los años cincuenta y primeros sesenta repetían el estereotipo infancia-madurez-vejez.

La publicidad seguramente no tiene más valor de análisis que el de mostrar la sensibilidad de la población, del público, hacia un determinado fenómeno en un momento histórico. Es este caso, es revelador. Se ve en Mad Men y en cualquier paseo por Internet. Las personas que salen en los anuncios de mediados de los cincuenta pueden tener 28 años, pero su imagen, su actitud, no difiere de la de los que son 20 años mayores.

"I had no idea ale was so wonderful."  "It isn't ordinarily; that's Ballantine Ale."   |   1954   |
“I had no idea ale was so wonderful.”  “It isn’t ordinarily; that’s Ballantine Ale.”   |   1954   |

Quién iba a pensar que algo iba a cambiar. En solo una década. Sin embargo, a simple vista, comparar 1959 con 1969 es como comparar dos eras geológicas distintas. Recién llegados de Hamburgo, los Beatles grabaron Love Me Do y desde ese preciso momento se creó el fenómeno. Finales de 1962. Un chirriante sonido de armónica, una letra tontorrona, un ritmillo repetitivo y ratonero abrieron una grieta que desde entonces no ha parado de crecer. De pronto, unos chavales de entre 19 y 22 años crean (y si no crean, al menos difunden) un código distinto que solo conecta con sus iguales, que los identifica, que los define y diferencia. Que supone una contestación, todavía pueril pero emergente, a un sistema que ha desembocado en recurrentes guerras a cual más terrorífica y absurda.

Se visten distinto, actúan distinto, tienen otros gustos e inquietudes. La publicidad lo capta enseguida, porque si otra virtud tiene es la mutabilidad:

La disputa entre George y Paul tiene lugar en 1969. Desde su primer LP han pasado solo seis años. En ese tiempo han viajado desde el pop simplón y el rock visceral a la psicodelia y las producciones inverosímiles, tocando en el camino todos los palos que después solo se reproducirán.  Seis años. El mismo tiempo que, por ejemplo, Franz Ferdinand, The Killers o Coldplay han necesitado para sacar tres discos idénticos. Las cosas han cambiado en ese periodo de tiempo. La juventud ya lo ocupa todo, principalmente su escenario predilecto: las calles. Unos meses antes, una explosión social compuesta por estudiantes ha reclamado sus derechos de forma sonora y creativa en París. Estados Unidos hierve por la guerra de Vietnam con una ruidosa oposición, liderada y nutrida por jóvenes. La publicidad, otra vez, ha captado el mensaje:

Puede utilizarse la publicidad como fiel. O puede tomarse como referencia el cine, si se quiere recurrir a una industria mayor, más conservadora para adoptar cambios. La película más taquillera de 1962 es Lawrence de Arabia. Cinco años después, el año del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band,  El Graduado arrasa en las taquillas. En solo un lustro, el joven-adulto aventurero, capaz de organizar un ejército en medio de la nada, se ha transformado en un chaval golferas que se liga a la madre de su novia.

¿Por qué sucede esto?  ¿Por qué los Beatles?  No eran los únicos. Había otras bandas que podrían haber canalizado la corriente. Sin embargo, la explicación puede ser la que tantas veces se ha comentado: su simplicidad. Su innata habilidad para hacer que todo sea sencillo, natural, orgánico. Y sencillo nunca quiere decir fácil. Fue su capacidad de transmitir lo simple, lo ordinario, lo que conectó con la gente. La mejor canción de la historia del pop surge de una actividad tan cotidiana como despertarse, asearse, desayunarse, ir a trabajar y leer el periódico. Te hablan a ti. Te describen lo que haces, lo que vives. Y lo hacen de un modo que resulta mejor de lo que es. Más soportable. Y por momentos, por muchos momentos, te recuerdan lo bonito que es estar vivo:

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