Quién resucitó el silencio en las calles de Madrid

Hace unas semanas un par de amigos expusieron su opinión sobre Madrid. Pachi y Pita (no son nombres ficticios, aunque lo parezca) tiene su propio blog (de los de verdad) y en ellos dedicaron sendos post a la capital. Pachi ve la ternura que despierta una ciudad provinciana en decadencia. Pita profesa la fe irreductible de los conversos. En cualquier caso les comenté mis discrepancias sobre cómo percibimos la ciudad en la que vivimos.

Madrid es una ciudad que tiene como uno de sus emblemas un neón de una marca de vinos. Madrid es una ciudad con unos regidores que no hacen nada cuando ese icono ciudadano es retirado definitivamente. Madrid es una ciudad en la que sus habitantes se movilizan para devolver el neón a su lugar original. Ese es el tipo de marcianadas que definen Madrid. Tener un feo cartel publicitario como emblema, unos dirigentes (votados, obviamente) que no respetan las señas de identidad de la ciudad, y unos habitantes capaces de movilizarse contra eso en medio de la crisis económica que va a acabar con la vida inteligente sobre la Tierra.

Luminoso Tío Pepe Puerta del Sol, Madrid.

Junto a las proverbiales virtudes de Madrid, la hospitalidad, el horario extendido de sus restaurantes, el frío en invierno y el calor en verano o la suciedad, suele olvidarse una: su espíritu gregario. La gente en Madrid gusta de moverse en grupos, cuanto más numerosos mejor. Desde la cena de ocho amigos a la manifestación de millón y medio de personas. Sin embargo, este espíritu vicario no se corresponde con ningún tipo de afán de liderazgo. Nos gusta seguir, no tanto decidir.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo, breve y bien conocido por todos, en el que la capital ejerció lo que se supone que es parte de su misión: ser el referente para el resto del país, centrar la mirada del resto del mundo. Alguno se echará las manos a la cabeza, porque muchos de esos líderes eran auténticos mamarrachos, pero muchos de esos mamarrachos, treinta años después, mantienen su jerarquía tanto en España como fuera. Alguno de estos personajes aparecen en este impagable vídeo:

Pedro Almodóvar venía de La Mancha profunda (no había otra). Santiago Auserón de Zaragoza. Bernardo Bonezzi es madrileño pero su padre es italiano y su madre brasileña. Son tres ejemplos de esa cultura de aluvión que compone el sustrato demográfico de la capital. Pero a ellos no les atrajeron las empresas del post Desarrollismo, ni la compra de un 131 Supermirafiori y un piso en Móstoles. Ellos acudieron como polillas a una ciudad cuya cultura brillaba, excepto Mcnamara que es más bien una mariposa. A un lugar en el que podías montar una banda y telonear a Elvis Costello o hacer una película con 500.000 pesetas (3.000 euros) y decenas de amigos. Y estrenarla. Y que la gente fuera a verla. Todo se movía en Madrid y hacia allí miraban todos. Hasta Andy Warhol se lo creyó, cosa poco complicada, por otro lado, y visitó la capital en 1983. Vídeo impagable número dos. Pitita Ridruejo y Ana Belén nos cuentan la experiencia:

Esa ciudad ya no existe. No creo que nadie dude que Madrid ya no es así. No niego que haya una cultura underground de grupos estupendos a los que va a ver mucha gente, como 300 personas. Locales hay cientos. Pequeños, sucios, siniestros. Pero una cosa es ser underground y otra vivir en el subsuelo toda la vida. Eso es lo que ahora sucede. En algún momento se pierde el interés o el apoyo y la suerte y todo queda en nada. El último grupo “de masas” que ha salido de Madrid ha sido Vetusta Morla. Y son de Tres Cantos.

Claro que en Madrid hay una gran vida cultural, la mejor de España, por supuesto. Pero es una actividad cultural desconectada realmente de la ciudad. Grandes grupos, grandes shows vienen a Madrid, montan el escenario, cobran 60 euros y si te he visto no me acuerdo. Una vez más, una manera vicaria de experimentar la vida.

¿Por qué antes era una fiesta y ahora la creación cultural en Madrid es un páramo? No lo sé, pero la única respuesta que se me ocurre es obvia. No lo queremos. Nos fatiga o nos escandaliza, nos irrita o nos deja perplejos. Hay algo que no acaba de hacernos maldita la gracia. Cosas de modernos.

En 1985, The Smiths estaban en lo más alto. Su disco reciente Meat is Murder, había alcanzado el número uno en Gran Bretaña. Ese mismo año, en las fiestas de San Isidro, The Smiths actuaron en la capital, a cargo del Ayuntamiento. Las entradas, a lo que entonces se denominaba “precios populares”: 600 pesetas (3,80 euros). Yo mismo vi a un grupo menos transcendente pero bastante conocido en la época, Aztec Camera, gratis en la Plaza Mayor una fría noche de 1988.

El vídeo del concierto íntegro de The Smiths en el paseo de Camoens está en Internet, en una grabación de RTVE. Antes de dar paso al concierto, la musa, guía o cronista de la época, Paloma Chamorro, se suelta una discurso elegía a Tierno Galván un tanto sonrojante, en el que llega a llamar “santo” al célebre político ateo. No en vano, años después, la misma Paloma Chamorro trata de emendar el asunto. Pero lo importante es esto, The Smiths en Madrid:

No quiero decir que sea una cuestión de si Tierno era efectivamente “San Tierno” como decía Paloma Chamorro, cosa que no creo y ella misma niega más tarde. No pretendo transmitir que a Ana Botella, aka Esperanza Aguirre, el concepto “concierto de rock contratado por el Ayuntamiento” pueda provocarle una combustión espontánea.

Creo que la cosa va un poco más allá. Creo que el responsable es ese pueblo que elige como símbolo un feo neón, que luego elige a unos dirigentes que les arrebatan ese símbolo y permite que suceda. Que está dispuesto participar en cualquier tropel pero tiene cierto miedo al compromiso. Se siente bien en la masa y mal en la individualidad. Una ciudad cada vez más hermética y en la que empieza a ser frecuente que las críticas se zanjen con un “poj si no te gusta, vete”. Una ciudad en la que ya hace mucho tiempo que el Real Madrid sustituyó al Prado como referencia internacional y, lo que es aún peor, también propia.

Una ciudad que hace treinta años atraía a artistas de ni más ni menos que Barcelona, la ciudad que ha cogido ese testigo que debería defender Madrid, y hasta le hacían canciones:

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Una respuesta a Quién resucitó el silencio en las calles de Madrid

  1. pachilanzas dijo:

    dile a Pita que te regale el dvd de La Movida!!!

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