Música de mierda

Hace unas semanas, Mario Vargas Llosa publicó su nueva obra. La civilización del espectáculo es un pequeño ensayo en el que el autor hispanoperuano se lamenta del fin de la cultura, sustituida por la superficialidad y el artificio en el que se han convertido las pretendidas manifestaciones culturales actuales. La definición clásica de la cultura como “algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”, ha sido arrasada por meros productos de consumo masivo y rápido, sin ningún valor transcendental: “La diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquélla pretendían trascender el tiempo presente, durar, seguir vivos en las generaciones futuras, en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer, como los bizcochos o el popcorn”.

El motivo de este cambio, a juicio del autor, es la pretensión de democratizar la cultura, su extensión a todas las capas sociales. “La ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la alta cultura, pues la única manera de conseguir esa democratización universal es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial”, argumenta Vargas Llosa, citando a T. S. Eliot. En la edición en papel de la revista online Jot Down, Arturo Pérez Reverte, a preguntas de Enric González, hacía esta misma defensa de la cultura como patrimonio de una elite, a su modo, claro: “Esa idea de Europa como referente cultural y moral de Occidente, es ahora un negocio en Bruselas, en manos de una casta política de sinvergüenzas y mercachifles analfabetos. Esa Europa de la cultura como moral está extinguida. Eso de que la cultura tiene que ser popular es mentira. La cultura tiene que ser siempre elitista. Popular está en contradicción con cultura”.

Supongo que tener un premio Nobel o el sillón te mayúscula de la Real Academia te dan la autoridad para esgrimir este tipo de argumentos sin que se te mueva el tupé. Sin embargo, es complicado defender algo parecido y ni tan siquiera estar seguro de ello cuando eres un mindundi.

Un amigo estableció un buen resumen de lo que muchos pensamos sobre los diferentes tipos de música que se pueden escuchar hoy en día. “Hay dos clases de música: La que me gusta y la música de mierda”, sentenció. Los hay que lo verbalizan y otros prefieren ser más discretos, pero cualquiera que tenga interés y dedique buena parte de su tiempo y su dinero a la música, piensa de modo parecido. Quizá los menos radicales acepten grados en esta división, pero cuando la cosa entra en lo que popularmente se conoce como pachanga, ya no hay duda: “menuda mierda de música están poniendo”.

Ya digo que es complicado estar seguro de algo así. Según vas madurando, dejando atrás prejuicios, canciones y artistas que antes habrías metido dentro de la categoría escatológica ya no te lo parecen. O te encuentras que en un gran disco, uno de los más aclamados del pasado año por la crítica influyente, colabora una cantante puro producto comercial:

Para el propio Vargas Llosa, probablemente rock y pop merezca esa definición: “También la música, el signo de identidad de las nuevas generaciones, cuyas músicas pop, folk o rock crean un espacio envolvente, un mundo en el que escribir, estudiar, comunicarse en privado se desarrollan en un campo de estridente vibraciones”, afirma con una referencia a George Steiner. Pero para mí la estridencia no es la música folk, etc, sino eso, la música de mierda. Puedo tolerarla durante unos instantes, pero soy incapaz de abstraerme, como suelen pedirme quienes me acompañan, y a los diez minutos de escucha de canciones simples, repetitivas, acompañadas de bailecitos, ya estoy de mal humor.

En ciertas ocasiones, cuando he tenido suficiente confianza con el responsable de la música, he pedido, ya desesperado, un cambio en el repertorio. En todos los casos me he encontrado la misma respuesta: “es que es lo que le gusta a la gente”. Más allá de que yo soy gente y a mí no me gusta, es ahí donde discrepo con quien asegura eso, con Vargas Llosa y con Pérez Reverte. No sé en otras disciplinas artísticas o culturales, pero si de algo estoy seguro es de que en la música, la popularidad no tiene que ver con una merma en la calidad. Estoy convencido de que puedes hacer una fiesta divertida, en la que la gente baile y se lo pase bien, sin necesidad de poner una sola canción de mierda. Cualquiera con un poco de ganas, sensibilidad y oído, puede hacer su propia lista de canciones elaboradas, bien producidas, temas compuestos con el ansia, aunque sea inconsciente, de transcender, de convertirse en clásicos, de mover el cuerpo y la mente de personas de distintas generaciones. Ahí va un pequeño ejemplo:

escucha esto antes de poner música de mierda

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