Himnos

Estamos en plenos Juegos Olímpicos. Como cada cuatro años, en la tele desfilan los mejores atletas del planeta y vemos horas de disciplinas a las que no volveremos a prestar atención durante toda la olimpiada (que es, en puridad, el periodo de tiempo que separa los juegos). Es el momento con el que mi generación aprendió el himno norteamericano a base de escucharlo con insistencia en sucesivas entregas de medallas, al igual que los más jóvenes en la actualidad deben de estar familiarizándose con la canción nacional china.

De este modo, al este lado del Atlántico, no podemos evitar oír el “Aaaall alooong caaaan youuu seeeeeeeeee”, con una mezcla de admiración y respeto reverencial. Junto a las proezas  de sus deportistas y la conciencia de estar ante la única superpotencia en acción, en nosotros reside la idea de que todos los americanos, en cualquier lugar del mundo y cualquiera que sea su procedencia, se cuadran y se llevan la mano derecha al corazón a la que empiezan a oír su himno nacional. Y, claro, en un país en el que el himno es fuente de conflicto y de chanza a la menor ocasión, ese tipo de cosas nos cautiva.

Sin embargo, no ha sido así en todas las ocasiones. Hay una muy famosa, justamente de unos juegos olímpicos, los de México, 1968:

Tommie Smith y John Carlos, bajaron su cabeza y alzaron su puño enfundados en guantes de cuero negro (Smith el derecho y Carlos el izquierdo, dado que compartieron el mismo par de guantes), durante la reproducción del himno de EEUU en la entrega de medallas de los 200 metros lisos. Querían así protestar contra el trato que su país daba a los ciudadanos negros. Obviamente, su actitud desafiante e irrespetuosa durante el himno fue un escándalo y a punto estuvo de costarles la medalla.

Como manifestaciones musicales, los himnos tienen un gran problema. Su valor musical es completamente secundario y las sensaciones que provocan en la audiencia distan mucho de limitarse a una cuestión de gusto. Una canción puede ser de tu agrado o no, y si, por casualidad, escuchas un tema que te desagrada, simplemente lo ignoras. Pero cuando es un himno, no puedes limitarse a disfrutarla o a desentenderte. Un himno siempre te provocará una reacción más profunda en la que entra todo aquello que, supuestamente, representa la composición.

Cuando algo tan pasional e irracional con el patriotismo (sin sentido peyorativo, al menos, no del todo), se mezcla con otro elemento igual de visceral como la afición deportiva, la cosa no termina de encajar bien. Aquí tenemos un buen ejemplo, cercano, reciente y repetido:

No niego que en ciertos momentos, y a ciertas personas, escuchar la canción que representa su país, a sus familiares y conciudadanos puede servir para, como suele decirse, inflamar el espíritu. Sobre todo cuando la canción en cuestión es esta:

Pero incluso hay quien piensa que la escucha de lo que se supone es un símbolo mundial de la libertad como La Marsellesa, debería ser interpretada según unos estrictos cánones, como exigía Le Pen a los jugadores de su multiétnica selección de fútbol, que, mientras, hacían a Francia campeona del mundo.

Ni estos Juegos Olímpicos se han visto libres de esta polémica, ya que se especuló varios días con cuál sería la reacción del público de Cardiff, Gales, durante la interpretación del God Save de Queen previo a un partido de fútbol entre Gran Bretaña y Uruguay.

No es misión de este blog entrar en cuestiones políticas, principalmente porque el argumento es que ni el deporte ni la música deberían contaminarse con la política. Nunca he entendido que se gradúe la filiación nacional de una persona que lleva el escudo del país en el pecho, por cómo escucha el himno, si lo canta, si no, si masca chicle o se rasca la oreja.

De este modo, los himnos nacionales terminan por tener un efecto contrario a su pretendida naturaleza, polarizando tanto la opinión, por causas que nada tienen que ver con la música, que no sirven para unir a la gente. Siempre hay quien se siente agraviado al lado de quien se siente exaltado y ya está el conflicto.

El punto de vista es más bien que la gente elige sus propios himnos. Más allá de que haya quien se emocione escuchando su himno nacional, o de quien se ponga de mala leche, sí existen canciones que unen a las personas en torno a una misma idea, sin fisuras ni ofensas. Es cierto que funcionan en ámbitos más reducidos y “laicos”, pero es que el sentido de pertenencia es inversamente proporcional al número de miembros del club.

Sin salir del deporte, quizá el ejemplo más popular y espectacular es el de la afición de Liverpool FC, y en especial, su grada The Kop. Desde los años sesenta, cada partido del equipo local se inicia entre el público con la interpretación coral del meloso tema You’ll Never Walk Alone (especialmente en la versión de Gerry And The Pacemakers), cuya previsible letra habla de fidelidad y sufrimiento, compasión y superación, aspectos que encajan a la perfección con la afición al fútbol, especialmente con un club como el de Anfield Road:

Pese a la pasión y entonación que ponen los seguidores, no es el himno oficial del club. Es, simplemente, el himno que sus seguidores eligieron cuando apareció la canción, el que han adoptado y el que para todos ellos mejor transmite lo que su equipo de fútbol significa para ellos.

También en Reino Unido, dónde si no, una canción pop se ha convertido en la expresión de su selección de fútbol. Pese a que en principio era una canción para promocionar la Eurocopa celebrada en las islas en 1996, este tema de Lighting Seeds suena cada vez que el equipo nacional inicia una nueva competición.

La parte negativa de este himno es que, cuando llega la eliminación de turno para el once de los tres leones, el público contrario se mofa con eso de “el fútbol está volviendo a casa”.

Hay cientos de ejemplos más, desde las canchas argentinas hasta los infernales pabellones griegos. Sin embargo, el último ejemplo, obviamente, español, es el más clarificador. Es cierto que en esta última Eurocopa no ha habido ninguna bronca grave previa sobre el himno y los jugadores de la selección de fútbol. Sin duda, que nuestro himno no tenga letra que implique la obligación de cantarlo, ayuda a evitar que el globo se haga todavía más grande. El caso es que, tras la entrega de la copa, tuvo lugar un hecho relevante, a mi modo de ver. En este vídeo podéis recuperar ese histórico momento.

Inmediatamente después de que los jugadores españoles recibieran sus medallas y el trofeo de campeones, no sonó el himno nacional. Sonó Paquito el Chocolatero. En Kiev. Es probable que el concienzudo ucraniano encargado de la música de la ceremonia se informara profesionalmente de cuáles eran las canciones más populares y festivas de España e Italia, para hacer sonar la que correspondiera en ese momento de paroxismo patriótico. El caso es que acertó de pleno. Fue comenzar las características primeras notas de ese otro himno patrio y se esfumaron todas las diferencias como por ensalmo. No solo los jugadores, que ya fueran de Euskadi, de Catalunya, de Andalucía, Madrid o Canarias se unieron en un largo abrazo y empezaron a mover sus caderas en golpes secos hacia adelante y hacia atrás. También en las gradas y, si se hubiera oído, en cada casa, plaza o bar del país, los españoles nos habríamos abrazado sin importar procedencia, etnia, situación económica, educación, clase social o gustos particulares, para cimbrearnos torpemente al ritmo de guturales “eh, eh, eh”. Y eso es exactamente lo que se espera de un himno.

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