Simpatía por el facha

Louis Ferdinand Destouches, Céline, era un fascista y es mi escritor favorito.
En realidad, más que fascista, era antisemita, en plena Segunda Guerra Mundial, el peor momento para manifestar tan terrible defecto. Seguramente era demasiado cínico para creer que ninguna ideología, mucho menos la nazi, era capaz de salvar a la Humanidad, pero sí es cierto que se desenvolvió en la Francia colaboracionista como escritor afín a Vichy, con cierta fama, gracias al éxito de Viaje al Final de La Noche. Este fue mi primer contacto con Céline. A los veinte, cuando buscas tu escritor maldito preferido y los poetas franceses dan grima, Céline merecía un vistazo.

Un tío desagradable, gruñón, rabioso, que te martillea la cabeza cada veinte páginas, recordándote que eres un mierda, un número, una hormiga insignificante. Su personaje, Bardamu, es un Quijote solitario y espantado, en el que la locura es clarividencia y aceptación. Sin embargo, el pesimismo irritante es pura vitalidad. Un canto ronco a la vida. Porque entre las trincheras o los burdeles, los seres humanos tejen relaciones que hacen que merezca la pena estar vivo. Y él sabía bien qué significaba eso, pues tras ser condenado a muerte durante La Depuración, fue indultado y volvió a ejercer la medicina.

John Milius es un facha americano, de los del rollo de las armas y toda la quincalla. Además de eso, es el hijo tonto de la Última Gran Generación de Directores Americanos (de la Historia). Sin la visión comercial de Spielberg, el talento de Scorsese o Coppola, ni la cara dura de George Lucas, su carrera es bastante más corta y desconocida. Pese a todo, soy muy fan de John Milius.

Miembro directivo del NRA hasta 2001 (ahora tiene un cargo menor), según su propia definición es un director “extremadamente eficiente. Es mi entrenamiento militar. Siempre quise ser general, pero el asma me lo impidió. Así que me decanté por el otro gran trabajo: ser director de cine.”  El último apunte es mi preferido: posee el Magnum 44 original de Harry el Sucio.

Pero sobre todo, estamos hablando del tipo que ha escrito algunas de las mejores frases de la última mitad del siglo XX, de esas que todos hemos pronunciado alguna vez, impostando la voz de los actores. Él es el autor del monólogo Do i Feel Lucky?, (punk) de Harry el Sucio, la frase “Go ahead, make my day” (“Alégrame el día”) de Impacto Súbito, las líneas “¡Charlie no hace surf!” o “Me encanta el olor a napalm por las mañanas (…) huele a… victoria.” de Apocalypse Now. Ni más ni menos.

Más allá de su gatillo fácil, lo que me cautiva de John Milius es la potencia visual de su cine y la autenticidad de sus guiones. La amarga inteligencia, la violencia de todo orden, la sinceridad sin concesiones. A parte, he visto mil veces El Gran Miércoles, El Juez de la Horca y Apocalypse Now y eso marca. Hasta Roma me gustó… un poco.

Por último, pero sobre todo, está Johnny Ramone. El guitarrista furioso y melenudo se definió como un hombre de Nixon y las disputas políticas con Joey, liberal en sentido norteamericano, minaron su relación durante toda la vida de los Ramones. En 2002, durante la ceremonia de entrada del grupo en el Hall of Fame, culminó el discurso de agradecimiento con un “God bless president Bush and God bless America” que ya es historia del rock.

Pero cómo describir lo que este tipo me ha dado. Entre otras cosas, en ocasiones se necesita alguien como Johnny Ramone para ir a Alemania y tener lo que hay que tener para tocar esta canción en la tele:

Soy muy feliz de disfrutar de las obras de estos fachas, independientemente de que no coincida en nada con su ideología. Que, de hecho, choque con ella. Si tengo alguna capacidad para apreciar la grandeza de obra de un artista por encima de las debilidades de su autor, políticas o de otro tipo, nació una tarde de los primeros ochenta en la Plaza del Generalísimo de Algete. Aquel día, vi el concierto de cuatro chicos, con un sonido infame, que tocaban literalmente en el remolque de un camión. Eran Los Nikis. Todavía recuerdo aquella canción que iba sobre un accidente de avión:

Años más tarde me enteré de que eran fachas (si me lo hubieran dicho entonces, tampoco lo habría entendido). Esa era su fama. Ellos mismos lo niegan. Asumen ser pijos, pero sobre lo de fachas, Joaquín Rodríguez sentenciaba: “Nos da igual lo que piense la gente, si somos fachas o no, ¿qué más dá lo que piense la gente de Los Nikis?”

Me encantan sus letras. Sobresalen entre la oferta de la época, entre la filosofía inaprensible de Radio Futura o Nacha Pop, el internacionalismo de provincias de Siniestro Total o las chorradas de Mecano. Su austeridad y precisión. El fatalismo esperpéntico. Una cotidianidad berlanguiana. Sin embargo, esta explotación del acervo cañí tampoco jugó a su favor en cuanto a la catalogación política. Y falta el último dato aterrador: durante décadas, una de sus canciones ha sido la elegida como fin de fiesta entre el pijerío madrileño. En cuanto suenan los primeros acordes, hordas de descerebrados se lanzan a la pista, dando gritos con el brazo en alto, en el saludo imperial. Yo lo he visto. El horror.

Aunque al principio admito que dudé, en seguida me entregué a mis tripas y superé que “Los Nikis fueran fachas”. Me limité a seguir escuchándolos entonces y ahora, cada vez que estoy de mal humor o necesito una descarga rápida de vitalidad. Y, en alguna medida, gracias a ellos ahora sé valorar una obra más allá de la condición de su autor. O a una persona. Por ejemplo, aceptar a los que creen que el Estado debería caber en una garita de guarda, que la sanidad y la educación deben quedar al control del mercado, a los amantes del liberalismo en los económico pero extraordinariamente intervencionistas en cuanto a las libertades individuales, a los que asumen interpretaciones mitológicas de hechos contrastados o se envuelven en símbolos que se suponen comunes, maniqueos del “conmigo o contra mí”. Incluso en ese mundo, hay gente estupenda con la que disfrutar de un concierto de cuatro chicos de pueblo sobre el remolque de un camión.

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