Menores

La música no es el fuerte de mis padres. No recuerdo que en mi casa se escuchara música, ni tan siquiera en la radio, hasta que mis hermanas empezaron a ponerla cuando fueron bastante mayores. De hecho, hasta los doce o trece años no existió en mi casa ningún tipo de aparato para reproducir música, y el primero fue un modesto radio casete mono. En una ocasión conseguí arrastrar a mi madre hasta los Sótanos de Gran Vía, a la antigua Discoplay, a ver si caía algo y le insistí para que se comprara también alguna cinta. Finalmente se llevó dos: El Bolero de Ravel y El Zapateado de Pablo Sarasate. Los gustos de mi padre eran menos refinados, más, digamos, populares, y en el único lugar en el que ponía música, el coche, solían escucharse este tipo de cosas:

Más o menos en aquella época, 1989, El Último de la Fila dio seis conciertos consecutivos en el viejo Pabellón de Deportes del Real Madrid, ese en cuyos terrenos se levantan las cuatro torres que han convertido el skyline de la capital en la sonrisa de un octogenario. Una de las actuaciones fue precedida por un parlamento de Julio Ruiz, que anunció la actuación de unos inesperados teloneros, una banda nueva a la que el dúo catalán quería apoyar. Entre la sorpresa y las quejas de los asistentes, aparecieron en escena Las Burras. En realidad eran los integrantes de El Último de la Fila que, disfrazados de putones, tocaron una irrepetible versión de Huesos.

Allí estaba yo. Con 15 años recién cumplidos junto a mi hermana Úrsula de 17. Un concierto memorable en el que lo dimos todo desde las primeras filas y que recuerdo como si hubiera sido ayer. No fue el único al que asistimos aquel año. Poco después, en el mismo recinto vimos a Radio Futura, teloneados por Seguridad Social (en la época de Comerranas y Que Te Voy a Dar, no la de Chiquilla). A finales de ese año, asistimos a la actuación de La Frontera en la sala Jácara, un local mucho más pequeño y, con toda probabilidad, menos atento a las normas de seguridad (o tan siquiera a las de higiene). En todas estas ocasiones se repetía la liturgia: mi padre nos llevaba hasta el lugar del concierto en coche, deambulaba por el barrio hasta que acababa, nos recogía en la puerta y vuelta a casa.

No cabe duda que a la vista de la actualidad, mis padres eran unos inconscientes, unos pésimos progenitores a los que tendrían que haber retirado la custodia de sus cinco vástagos. Al menos esas han sido las conclusiones que he oído acerca de los sucesos del Madrid Arena de la pasada semana, tras la muerte de cuatro chicas durante la celebración de un festival techno en la noche de Halloween. Además de perder a sus hijas, los padres de Katia Esteban, Rocío Oña y Cristina Arce, de 18 años y los de Belén Langdon, de 17, han tenido que escuchar cómo desde diversos medios se les acusaba de dejadez, de permitir acudir a sus hijas poco menos que al matadero. En paralelo, se ha generado otro debate sobre las formas de divertirse de la juventud actual, según estos expertos basadas en el alcohol y las drogas.

Sin embargo, la realidad es tozuda y, aunque no tengamos los medios más independientes y veraces, van quedando claras las causas del suceso. Por un lado, unas autoridades públicas que, estas sí,  eluden sus responsabilidades y obligaciones. Prestan todo su apoyo a entidades privadas y se olvidan de la supervisión y control de sus actividades, llevando el lesser fer laissez passer hasta el ridículo. Mandan a 12 policías a vigilar a 20.000 personas, hacen valoraciones en caliente que a los quince minutos quedan desmentidas, se van de vacaciones a un spa de lujo en Portugal en plena crisis y se niegan en redondo no ya a dimitir (ciencia-ficción), si no tan solo a admitir que hayan podido hacer algo mal. Y por el otro lado, la empresa organizadora, que trata de ocultar un patente aforo “sobradamente sobrepasado”, como decía el pleonasmo policial, y que pretende hacer negocio del modo más nauseabundo: vender más entradas de las debidas, contratar como seguridad a una manada de gorilas y no ejercer ningún tipo de control sobre lo que sucede ni dentro del recinto ni en los accesos. Y para colmo de la desfachatez, ahora se enrocan en defender la limpieza de su negocio y echan la culpa a una bengala arrojada por alguien del público que causó una ola de pánico.

Pero sí hay padres responsables y no son precisamente los de las cuatro chicas fallecidas. Son cada uno de los padres de los chavales que se colaron en tromba provocando la avalancha mortal, los de aquellos que introdujeron petardos y bengalas y se divirtieron arrojándolas sobre la masa de personas embutidas en la mitad del espacio necesario.  Son los padres que podemos ver en cualquier burger, en todos los parques. Esos padres a los que vemos no hacer nada cuando el niño grita y corretea molestando a todo el mundo. Esos padres que atemorizan a los profesores que se atreven a suspender o castigar a los mastuerzos de sus hijos. Esos padres que olvidan, o simplemente les da pereza, ejercer el control y la autoridad que cualquier niño necesita. Que les dan todos los caprichos, que son incapaces de llevarles la contraria o aceptar que sus hijos hayan podido hacer una trastada. Padres débiles que crean hijos tiranos. Hijos que cuando crecen, tienen cero resistencia a la frustración, que creen que sus intereses están por encima de los demás, que piensan que las normas son meras imposiciones arbitrarias redactadas para joderles, que encuentran una satisfacción pueril en saltárselas y en reírse de todo aquel que mantenga su observancia.

Por esto no creo que la racionalidad sea una cuestión de edad, sobrevenida en la noche que cumples 18 años. Creo que mis padres sabían adónde iba, pero confiaban en nosotros, en nuestra conciencia y responsabilidad, en nuestra educación, en que habían sabido equilibrar la autoridad con el respeto por la independencia de cada uno de nosotros. Que debían apoyar las aficiones de sus hijos, aunque no las compartieran y que, una vez cumplidas nuestras obligaciones, era justo obtener a cambio un premio que reforzara el camino educativo que estaban labrando. O como dice El Último de la Fila:

Mi vida no es de nadie
Ni yo le pido a nadie nunca
Que haga algo que yo mismo
Tampoco haría sin dudarlo.

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