Gracias, Steve Jobs

No soy lo que se dice un fanático de Steve Jobs precisamente. No le niego ninguna de sus virtudes, su espíritu innovador y bla, bla, bla. Pero ese halo hagiográfico que si no él, seguro que sus exegetas le atribuyen, me rechina. Admito el culto a la personalidad, qué remedio, yo mismo lo practico. Pero en el caso de Steve Jobs no alcanzo a comprenderlo. Insisto en que soy más o menos consciente de su valía, de su clarividencia y determinación, de su lugar en la Historia, en una palabra. Pero no nos engañemos: el tipo no iba manando ciencia a los necesitados, no había entregado su vida a una causa mayor que él. Cada paso que daba para labrar su legado rondaba los 600 euros la pieza, dependiendo de las versiones, porque lo tenemos con wifi, con 3G, o si no espera que dentro de tres meses sale el 4, pantalla retina, y ese será la polla. Eso sí, 200 euros más caro. Ay, no te olvides el accesorio para conectarlo. Sí, 60 euros. Gracias, Steve.

Tonto tampoco soy. No tengo una cruzada personal contra Steve Jobs y todo lo que huela a Apple. Porque igual que he conocido a applenianos o jobsianos, también he escuchado a muchos acérrimos detractores y, por cierto, sus discusiones son probablemente las más aburridas a las que he asistido. Pero mi relación con la tecnología es mucho menos ideológica, más pragmática. Con los años he aprendido a comprarme solo aquellos aparatitos que realmente vaya a usar, después de unas cuantas malas experiencias de esas que todos hemos tenido, comprarnos un cacharro de varios cientos de euros para que acumule polvo en cualquier cajón. Pues bien, dentro de ese pragmatismo, debo de tener 5 ó 6 iPods.

Aquí sí que dio en el clavo el señor Jobs, a “Dios” lo que es de Dios. Una caja perfecta para un bolsillo, tan fácil de usar que hasta un primate oligofrénico podría hacerlo sonar. Y, en contra de parte de la filosofía de Apple, basado en la fuerza bruta más que en la sutileza o el diseño. iPod lo que te permitía en aquel momento era llevar siempre contigo buena parte de tu biblioteca musical. Y la idea era simple: Un mero disco duro con un reproductor de .mp3 acoplado. Bueno, sí, lo sé, no exactamente .mp3. El iPod no podía dejar de padecer alguno de los defectos de su creador (perdón por las minúsculas, chicos). Para que el aparato pueda reproducirlas, cada canción ha de ser convertida en un formato propio de Apple, da igual que sea .mp3 o exportada desde un cedé. También necesitas un programa concreto para poder cargar y organizar tus canciones: iTunes. Y la clavija para cargarlo y conectarlo al ordenador no es exactamente universal. Ah, y los auriculares, los tiras en cuanto abras la caja, no hace falta ni que les quites el celo.

Sin embargo, y aquí es cuando la cosa se pone rara, mi relación con el iPod es especial. Sobre todo en el caso de los dos classic (el primero, que ya tiene más de diez años, empezó a funcionar mal y claro…) creo que es un aparato con vida propia. Me explico, o lo intento, antes de que llaméis a Íker Jiménez. Normalmente escucho música en el iPod cuando estoy haciendo algo, en el metro, trabajando. También cuando nos reunimos amigos, lo pongo de fondo para no estar pendiente de cambiar discos. En todos los casos, siempre en “modo aleatorio”. Pues bien, el iPod, al menos los que yo he tenido, tiene la capacidad para detectar tu estado de ánimo o el ambiente de una reunión y empezar, él solo, a pinchar la música más adecuada para el momento. En mi caso, que los habrá peores, el cacharro elige entre más de 15.000 canciones de todo pelaje, para ir sirviendo exactamente el tema adecuado. A veces algo más conocido para enganchar a la gente, luego algo menos popular, pero con un punto que llame la atención, después algo más tranquilo, de segundo plano si la conversación es animada y exige música más tenue.

Eso por no hablar de cuando simplemente lee cómo te sientes tú. Un mal día, de bajón, y sabe que ha de poner canciones suaves, pero también intercalar alguna de esas que te sabes de memoria, que has escuchado un millón de veces, pero que consigue que te centres en la canción, en la letra, abstraerte durante cuatro minutos:

O cuando estás de buen rollo y decide poner el pop más tonto que encuentre, pero también alguna otra intensa y larga, que todavía está ahí cuando tú vas y vuelves de tus pensamientos:

O incluso esas veces, mirad qué tontería, en las que ves la vida como una película, y le pone una perfecta banda sonora con un tema electrónico que encaja al milímetro con el ritmo al que caminas, con la gente que se cruza, los cambios de tu mirada:

Sí, sé que son paranoias mías, que, como ocurre con los fantasmas reales, todo eso no existe más que en mi cabeza, en mis ganas de que sea así. Pero en esos momentos realmente siento la magia que emana del maldito aparato.

Antes recuerdo que guardaba algunas de estas sesiones que se marcaba el iPod por iniciativa propia. Pero desgraciadamente, en una de las actualizaciones del software, tío Jobs decidió eliminar la lista “Reproducción reciente”, de modo que ahora es imposible recuperar lo que has escuchado en las últimas horas. Así que una vez más: gracias, Steve.

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