Ramoncín

Hace un par de semanas, Ramoncín culminó su carrera hacia los abismos del desprecio y la chanza nacional. El juez Ruz decidió imputarle en el caso del expolio de la SGAE, lo que todos aquellos, tanto pro-piratería como gente normal, que le tenían en el punto de mira sintieron como una epifanía. De pronto, el pope de la lucha por los derechos de autor, su cara más reconocible y beligerante, ha robado el dinero que afirmaba proteger. Entonces, por lógica matemática mesetaria, bajarse 200 discos es pura justicia poética.

Pero el odio a Ramoncín viene de lejos. El muchacho empezó a hacer rock en 1976. Atención a la fecha. Hablamos mucho, yo el primero, de La Movida, pero para entonces Ramoncín ya había grabado tres discos. Tres obras de rock guarro en varios sentidos. Ásperos y poderosos, con canciones perfectas para convertirse en himnos en un barrio con un millón de obreros. Y la puesta en escena. Un tío bien plantao, chulo, provocador, sin complejos, un frontman como Dios manda. Con un punto freak si se ve hoy, pero estamos hablando de 1977. Bowie lleva ya cinco años vestido de mamarracho:

Cualquiera, después de ver semejante ascenso, habría apostado por su carrera. Todos menos él mismo. Desde muy pronto se vio que Ramoncín iba a ser uno de esos extraños casos en los que la persona se come al personaje, al revés de lo habitual. Fue incapaz de quedarse ahí, en el escenario. Ramoncín necesitaba más. O mejor dicho, Ramón Márquez necesitaba más. Sus visitas a la televisión para hablar no para cantar, fueron haciéndose cada vez más frecuentes y, sobre todo, más polémicas. Histórica es su bronca con Lola Flores en un “Su Turno” de Hermida en 1982. Al final, cortó a la folclórica con un “achanta el mirlo, Lola”, recordado durante mucho tiempo. Una pequeña parte puede verse en este vídeo. Minuto 4:00:


En algún momento dio el paso definitivo. De rockero pasó a convertirse en un famoso, sin más. Un tipo que salía en la tele cada dos por tres a opinar de todo, casi siempre con chorradas, pontificando con unas formas que si en el escenario eran demoledoras, frente a la cámara resultaban irritantes. Todavía fue capaz de hacer trabajos decentes. En 1986 factura “Como un susurro”, quizá su última gran canción. El disco en directo “Al límite: Vivo y Salvaje” de 1990, es la frontera final. Quizá el punto de no retorno lo marcó la operación de nariz. A partir de ahí, un desatino tras otro, cada vez más alejado de la música, ocupado en salir en programas a cual más lamentable, presentar concursos absurdos o escribir pretenciosas enciclopedias de lo cheli. Una loca carrera para convertirse en la tercera persona odiada por todo el país, junto a Pedro Ruiz y Sánchez-Dragó. En 2006, su actuación en el Viñarock fue recibida con una lluvia de piedras y litronas que le obligaron a cancelar.

Los últimos años han sido de paroxismo. A partir de una lucha noble y legítima por los derechos de los músicos, en una época jodida para eso, sus opiniones extremas y sus formas impresentables le han granjeado una legión de fieles detractores. En 2009, el cierre del canal de Youtube de la revista “El Jueves” tras una reclamación suya, le despojó de los pocos defensores que todavía pudiera tener. Un tipo que se había llenado la boca con su derecho a decir cualquier cosa en público, pedía el secuestro de un canal de vídeos.

Llegó un momento que hasta él se hartó de sí mismo. Declaró que abandonaba sus cargos en la SGAE y su lucha por los derechos de autor, que quería pasar a segundo plano. Incluso grabó un disco de versiones con The Cover Band, un grupo que hasta en el nombre canta a tapadera. Sin embargo, una indescriptible interpretación de “Come As You Are” de Nirvana y su posterior reacción clásica, defender lo indefendible, le acabaron de rematar. Y ahora, la imputación.

Ramoncín se ha convertido en un pimpampum por muchas cosas que ha hecho y dicho. Pero al final, lo que el chico pretendía era defender sus ideas y eso es relevante en una estrella del rock. Ya lo es tan solo que tenga ideas. Pero comprometerse tanto nunca ha sido buena idea en este país. Lo irónico es que si hubiera llevado una vida entregada a los excesos, ahora seguramente sería un icono. Ni tan siquiera habría necesitado más discos que aquellos tres primeros elepés. Bastaba con ser un tipo hermético, reconcentrado en su música, lánguido y huidizo, que se hubiera puesto hasta las cejas de heroína, del que solo tuviéramos noticias de sus entradas y salidas de clínicas de rehabilitación, de alguna habitación de hotel arrasada o de la última chati maltrecha en el camino. Ahora sería un ídolo, con discos convertidos en obras clásicas y su cara serigrafiada en las camisetas del Stradivarius. Hasta es probable que le hubieran puesto su nombre a una plaza de Madrid.

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