Talibanes en Memphis

La intolerancia y la ignorancia son los mayores enemigos del arte. La ignorancia elimina en un grupo humano rasgos y momentos relevantes que definen la propia cultura de esa sociedad. Pero es la intolerancia, que elimina físicamente artistas y obras, la que actúa como brazo armado de la primera.

Hay tantos ejemplos. Desde Egipto o Roma, donde cuando un gobernante caía en desgracia, se destruían sus estatuas y se borraba su nombre de los relieves, hasta las degeneradas mentes que definieron y persiguieron el arte degenerado del Tercer Reich.

En nuestros días, aunque pensemos que la civilización y la tecnología mantienen la cultura a salvo, ocurre exactamente lo mismo. A finales de los noventa, los talibanes se apoderaron de un país fallido por culpa de las superpotencias de la Guerra Fría. Desde entonces por ahí andan, liándola, a afganos, a rusos, a americanos y hasta las cabras. Dentro de su cerrazón religiosa, no les fue difícil localizar los dos ciclópeos budas de Bamiyán, incompatibles con su visión de la religión,  (al igual que cualquiera cosa que no sean kalashnikov, piedras, pelo, brotes de hierba y las cabras). El vídeo que recoge el momento de la destrucción de los budas, de alrededor de 15 siglos de antigüedad, es alucinante. Empiezan a disparar a las dos colosales figuras con morteros y katyushas, pero las dos estatuas labradas en la roca, de 55 y 36 metros de altura, mantienen su dignidad con entereza. Entonces, los resueltos talibanes deciden dinamitarlas. Es seguro que explosivo no les sobra, pero tampoco les falta fanatismo. Así que finalmente, entre el litúrgico allahu akbar, logran derribar ambas estatuas y reducirlas a escombros.

Tirando del hilo, un hilillo negro y espeso, dos espabilados y un iluminado decidieron invadir Irak en 2003. El 5 de abril, las triunfantes tropas de Estados Unidos entraban en la ciudad de Bagdad con dos máximas claras: ocupar los lugares clave en lo referido al petróleo y disparar a los periodistas. Inmediatamente, sin autoridad ni orden en las calles, el Museo Nacional de Bagdad fue objeto de toda clase de pillaje, cualquiera podía llegar y llevarse una tablilla sumeria, una figura acadia o un azulejo de Babilonia. Y así efectivamente sucedió con 170.000 objetos de Ur, Uruk, Nippur, las míticas ciudades que concibieron la civilización. Piezas con 5.000 años de antigüedad, claves para entender el momento en el que el ser humano empezó a organizarse socialmente. Es decir, se hizo ser humano.

Sí, esto sucede en “desiertos remotos y montañas lejanas”, es cierto. En Occidente es distinto. Aquí incluso las minorías, históricamente marginadas, al final encuentran su lugar para vivir dignamente. ¿No? En su nuevo libro, Jinetes en la Tormenta, Diego A. Manrique cuenta la historia del sello Stax a través de algunos de los músicos que grabaron en él. En los primeros sesenta, en pleno brote de las libertades civiles de los negros en Estados Unidos, un hombre blanco, Jim Steward, manejaba una discográfica independiente de soul, es decir, música negra. Establecida  en Memphis, Stax creó el soul sureño, un estilo potente y directo, sentimental y expresivo. Un tipo de música que rápidamente se extendió por el mundo y que hoy mantiene su vigor y su influencia en cualquier línea musical. En sus estudios grabaron Sam & Dave, Booker T’s and The MGs, Willie Dixon, Rufus y Carla Thomas, Isaac Hayes y, sobre todo Otis Redding. “Cuando llegaba (…), la energía se palpaba. Para Isaac Hayes, ‘entraba en el estudio como un toro en una plaza’. Otis dinamizaba todo el proceso de creación. Steve Cropper recuerda que Otis Blue, uno de sus clásicos se grabó en 24 horas”, Manrique lo describe y es fácil imaginar el estudio, el ambiente, la larga figura de Otis Redding entrando a grabar, la intensidad de cada sesión. La magia de aquel lugar.

Jinetes en la Tormenta también relata el final de la discográfica. Despreciada por ser un sello independiente y negro, afectada por la muerte de Otis Redding en accidente de avión, engañada por su distribuidora Atlantic, que le robó el catálogo y sentenciada por las deudas. Finalmente, cómo no, un banco se quedó con los estudios y los vendió a la Iglesia de Dios en Cristo, una congregación ultrarreligiosa, que, como nuestros amigos barbudos, no se lo pensó dos veces. Derribó el local, porque allí se habría grabado “demasiada música del diablo”.

Sin duda, razón no les falta. Cosa del Diablo debe de ser lo salió de allí: Soul Man, Green Onions, Hold me, I’m Comin’, los temas incendiarios de Isaac Hayes y por supuesto, el repertorio inmortal de Otis Redding. Entre esas paredes que la piqueta talibán derribaba en nombre de Dios, había sonado la rotundidad de Hard To Handle, la clase de Try a Little Tenderness, la fuerza desatada de la versión de Satisfaction. O Sittin’ On The Dock Of The Bay. Hoy solo queda una placa que recuerda el lugar, pero ya no existe el edificio que albergó aquello. Nadie podrá ir a respirar el aire en el mismo cubículo, moverse por donde Sam Moore se contoneaba, ni inspirarse con el fantasma de Otis Redding.

Pero hay algo que ningún talibán podrá demoler:

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