Menos mal que nos queda Portugal

Como España, Portugal vive las duras consecuencias de esta crisis con tintes de estafa que se alarga ya durante más de seis años. Un país “rescatado”, acuciado por el FMI y por el BCE. Otra nación que ve cómo sus gobernantes se preocupan más por los mercados y las instituciones financieras, que por sus propios ciudadanos. La inyección de 78.000 millones de la Unión Europea y del FMI se destinaron a reflotar su sector bancario a costa de la subida de la carga fiscal, del IVA, bajada de sueldos a funcionarios, pensiones, y una tasa de paro que ha ascendido hasta cerca del 17% (muy alta, pero tranquilos, que no hace peligrar el récord mundial español).

En esta situación, el pasado 15 de febrero, el primer ministro portugués, Pedro Passos Coelho, daba cuenta a la Asamblea de la República de las resoluciones del último Consejo Europeo, la institución que en último término está imponiendo las medidas a los países del sur de Europa. En ese momento, un grupo de ciudadanos le interrumpió cantando, con sorprendente afinación, Grândola Vila Morena.

Grândola Vila Morena es uno de los mejores ejemplos de que la música es mucho más que algo que nos entretiene o nos sirve para divertirnos y evadirnos. El 29 de marzo de 1974, la emisión del tema compuesto por Zeca Afonso fue la contraseña para el inicio de la Revolución de los Claveles, el alzamiento militar democrático que acabó con la dictadura de Salazar (mientras en España, Franco seguía su degeneración para morir tranquilamente en la cama). Lógicamente, desde entonces se ha convertido en un símbolo de unidad y libertad en Portugal.

La imagen del pasado febrero dio la vuelta al mundo. La fuerza de un reducido grupo de personas que con una simple canción expresan su protesta, su hartazgo, su hastío ante una clase política que les vende y que actúa en contra de sus intereses. Dado que la situación en España es similar, hubo quien se preguntó cuál sería la canción que deberíamos elegir nosotros para protagonizar una escena similar. Salieron La Estaca de Lluis Llach, Canto a la Libertad de Labordeta o, cómo no, Libertad sin Ira de Jarcha. Sin duda, temas menores, sobre todo en cuanto a repercusión y memoria social.

La respuesta, sin embargo, es mucho más sencilla: ninguna. No solo porque los españoles ya tenemos dificultades para componer canciones memorables y carecemos de memoria cultural para hacerlas perdurar, para convertirlas en símbolos. El principal problema es la inveterada división patria que hace imposible alcanzar un icono que una a todos los españoles, independientemente de su ideología, procedencia o situación.

Tras el episodio de la Asamblea portuguesa, algunos miembros del gobierno luso se quejaron de que Grândola Vila Morena le pertenece a todos los portugueses, incluidos ellos. Eso es algo utópico en España. Hay símbolos que representan a la derecha o a la izquierda, pero ninguno que aúne a ambos. Por supuesto, ni la bandera o el himno, secuestrados por la derecha durante las décadas de la dictadura y que, en la democracia, la izquierda no ha sido capaz de recuperar, anclada pobremente en el pasado, negada para arrebatar a los conservadores esos símbolos, e incluso feliz de sentirse atacada por ellos.

Y así con todo. En España primero se pregunta la filiación y a partir de ahí, se genera el juicio. En sentido contrario a la cerrazón de la izquierda con los símbolos naciones, la familia Bardem suele ser el objetivo favorito de la derecha cuando se trata de despreciar a los actores que se manifiestan contra la actuación del gobierno. De nade les vale que Javier Bardem haya hecho más por la imagen de España que todos ellos juntos, con escenas de exaltación patriótica ante una audiencia planetaria como esta:

Antes pensaba que estos necios prejuicios eran consecuencia de los acontecimientos del siglo XX en España y que el paso del tiempo y de las generaciones acabaría por condenar esta división al olvido. Hoy, con algo más de conocimiento histórico y mucha conciencia de la forma de ser española, mi pesimismo no puede ser mayor. Quizá la única esperanza es que, en contra de lo que algunos sueñan con delirio, algún día toda la Península Ibérica sea Portugal.

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