Prejuicios

Hace un par de meses mantuve una discusión con dos amigos, Alina y Javi. La concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes a Michael Haneke y el casi simultáneo fallecimiento de Alfredo Landa, que se fue sin él, provocó que iniciara una de mis clásicas imprecaciones contra la costumbre española de valorar más lo que viene de fuera que lo que se hace aquí. Y de paso di rienda suelta a uno de mis prejuicios: suelo desconfiar de todo aquello que se convierte en una especie de dogma de la modernidad y el buen gusto entre la gente de cierta cultura, ya sea Haneke, Murakami o Arcade Fire. Y en este caso, no podía ser un prejuicio más evidente. La discusión se acabó cuando ambos, a coro, me preguntaron “¿Pero has visto alguna película de Haneke?”. “Hum… no”, confesé.

Ya sé que, en el discurso, nadie tiene prejuicios. Pero eso es simplemente falso. Todos tenemos algún odio o, al menos, reparo hacia algo o alguien sin más base que nuestro antojo. En mi caso, admito, mi avance en el conocimiento de la música ha sido, en buena medida, una lucha contra mis propios prejuicios. Ya he dicho alguna vez que mis primeras bandas fueron de punk-rock y La Movida. Desde Sex Pistols, Ramones, Clash y Damned, Eskorbuto y Kortatu a Alaska y Pegamoides y Radio Futura, como concesión lírica. Ese era mi espectro musical, nunca mejor dicho, alrededor de los 13 años. Y en aquel entonces, el punk estaba enfrentado al heavy metal. Así que por definición, odiaba a los grupos heavies de la época, sobre todo ACDC, Iron Maiden y Scorpions. Miraba con desprecio a sus fans, sus camisetas sin mangas y sus Yumas. Y nunca, jamás, se me ocurría pararme a escuchar ni una sola nota de aquello. Y así fue hasta que un par de años después, un amigo con un hermano melómano prácticamente me obligó a escuchar a Led Zeppelin. Y casi inmediatamente se convirtió en uno de mis grupos preferidos. Y desde ellos, todos los demás.

Vale, había avanzado. Me convertí en un sólido defensor de la formación clásica del rock: cantante, guitarra, bajo y batería, y punto. Es decir, en cuanto asomaba un sintetizador torcía el gesto. Un grupo que solo empleara este instrumento o fuera parte esencial de su música, quedaba automáticamente eliminado. Pet Shop Boys o Depeche Mode me parecían mariconadas sin ningún valor, algo que cualquiera podía hacer. Basura electrónica. Y así fue  hasta que en 1995 cayó en mis manos una casete.  Las tres primeras canciones grabadas eran los tres temas que abren Exit Planet Dust de Chemical Brothers y los tres siguientes, Their Law, Voodoo People y Poison de Music for the Jilted Generation de The Prodigy. Aquellas seis canciones cambiaron mi vida. De pronto no solo descubrí que la electrónica molaba, si no que molaba mucho. Que tenía la misma fuerza que el rock que yo estaba harto de escuchar, la misma mala leche que el punk y la misma tralla que el heavy metal. Que instrumentos o aparatos electrónicos no eran más que meras herramientas para hacer lo que a mí me gusta: música que te moviera el cuerpo y la cabeza.

Tanto fue así que durante los años siguientes prácticamente solo escuché música electrónica: break beat, drum ‘n bass, por supuesto trip hop. Y claro, recuperé a Pet Shop Boys y a Depeche Mode. 

Pero sobre todo, en ese proceso la música me ha enseñado que es absurdo tener prejuicios en el momento de apreciar la obra de un artista. No tiene sentido dejar de disfrutar de The Smiths por suaves, de Michael Jackson o Madonna por comerciales o de Sade por melódica. En realidad, he comprendido, aunque muchas veces no lo parezca, como en el episodio Haneke, que el único que pierde con los prejuicios es uno mismo.

Decía el Albert Einstein en una célebre frase que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Es probable que en esto fuera en lo único que estaba equivocado el viejo, viejo tío Alberto.

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3 respuestas a Prejuicios

  1. pitasopena dijo:

    esperamos entonces que veas La cinta blanca o AMOR, que leas Tokio Blues y q bailes ARCADE …porque no sabes lo q estás perdiendo!!!!!

  2. Pingback: Amo a Miley Cyrus | El canario en la mina

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