Dedicado al 1,3%

Estoy seguro de que aún existen chavales así. Chicos de clase obrera que están deseando que su madre les envíe a cualquier recado, solo para poder sisar ridículas cantidades de pesetas (uy, perdón, euros) de las vueltas, que ir juntando poco a poco hasta tener suficiente para comprarse esa casete (uy, perdón, cedé) que tantas veces han visto en el escaparate de la tienda de discos. Muchachos que experimentan una satisfacción indescriptible cuando consiguen el dinero, que sienten cómo sube la emoción al pedir el disco y un escalofrío cuando por fin lo tocan y, en la misma puerta de la tienda, lo desenvuelven y despliegan el librillo interior para ver las fotos, para comprobar si lleva las letras de las canciones, para escrutar cualquier nombre en la producción o los agradecimientos que les permita descubrir una nueva banda. Y por supuesto, el sublime momento de llegar a casa, ponerlo en el equipo y que empiece a sonar esto:


Uy, perdón, quería decir esto:


Mi seguridad en que aún existen muchachos así no es romántica, al menos, no solo. La Universidad de la Rioja publicó la pasada semana un informe sobre Jóvenes e Identidades Musicales, según el cual el porcentaje exacto de universitarios que habitualmente compra discos es del 1,3%. Si extrapolamos la cifra, que para eso sirven estos estudios, y tomamos las cifras el INE de todos los jóvenes en edad universitaria (entre 18 y 22 años), resulta que estamos hablando de 29.683 chavales.

El caso es que el informe ha tenido una considerable repercusión durante los días posteriores a su publicación, no tanto por este dato (sorprendentemente), si no por otros más folklóricos como que los artistas más conocidos sean Melendi, Estopa y Coldplay, mientras que el 72% no conocía a Wilco, el 52% a Radiohead y el 49% a Depeche Mode. Más esperables son otros datos, como el 75% que admite haberse descargado música sin pagar por ella.

La conclusiones del informe hablan de que los jóvenes consideran la música como un elemento importante en su vida (un 30% considera que “no podría vivir sin música”), pero que la viven de un modo superficial, mientras desempeñan otras labores y en muchas ocasiones solo como un elemento lúdico (un 83% asegura ir a conciertos).

Sin embargo, creo que caben otras conclusiones. Prácticamente el mismo día, se publicó otra noticia. En ella se describe la agonía de las escuelas públicas de música en España, arrasadas por los recortes en educación o por la marea privatizadora. Curiosamente, esta información pasó casi inadvertida, quizá porque no exponía ningún dato absurdo, porque cuántos chavales dejarán de aprender a tocar el oboe parece que no puede competir con a cuántos les gusta Extremoduro.

Pero como todo en lo relativo a la educación, el problema va mucho más allá del presente. El problema es cómo se va perdiendo no solo la educación musical, sino también la sensibilidad, la conciencia del esfuerzo, de la creatividad, la dedicación y el empeño que se necesitan para tocar una sola nota. De lo que implica componer y ejecutar una obra musical. De la fuerza y la importancia que guarda esta manifestación artística, de la relevancia que tiene para la cultura cada nueva nota que se genera en el cerebro y se expresa a través de un instrumento o de la voz. Así, no solo es imposible que nadie se sienta mal cuando se descarga una canción o piratea un disco, que comprenda lo que ese acto implica. Así es imposible que ninguna sociedad crezca en ningún sentido.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , | 3 comentarios

Golpeados por los Beatles

Los primeros rayos de sol caen justo perpendiculares en sus ojos. Cuando baja la visera para protegerse de la luz directa, lleva ya más de una hora conduciendo. En la parte de atrás, Claudia duerme en su silla, con el pijama puesto. A la derecha, su chico también dormita. Antes de quedarse frito, ha puesto el cedé del Volumen 2 de The Beatles Anthology, segundo álbum de la serie de recopilatorios con temas raros, maquetas y ensayos editada en 1996. El disco contiene tres versiones de Strawberry Fields Forever. En la primera, John Lennon ensaya la canción con una guitarra desconectada, la dos siguientes son tomas alternativas que podrían haber sido la final.

No sabe explicar por qué, pero esa canción siempre le ha removido. Ha provocado algo en su interior que le emociona, tanto que hace que las lágrimas broten de sus ojos. No es efecto del sol de plano, porque lo siente en todo el cuerpo. Es cierto que el momento también ayuda. Salen de vacaciones con destino Almería, al Cabo de Gata. 15 días de sol donde nada es real y nada te hace perder el tiempo.

Pero todo se acaba, y recién llegada a Madrid, en busca de estirar más el tiempo libre, queda en casa de un amigo. Cuando llega, está viendo una tonta película, Across The Universe, uno de tantos productos comerciales que intentan destacar por la vía fácil: usar música de los Beatles. Justo cuando cruza la puerta, comienza la escena en la que un soldado canta Strawberry Fields Forever. La coincidencia le hace sonreír. Muy poco después, leyendo sobre la canción descubre que, aunque John Lennon la escribió recordando un jardín de su infancia, en realidad la compuso mientras rodaba How I Won The War con Richard Lester, ¡en el Cabo de Gata! Sí, todo es casualidad, pero la serie de acontecimientos generan una especie de reflejo condicionado, un golpe lleno de alegría, magia. Un golpe que perdurará.

Lo de Donald Draper es distinto. Él es un personaje de ficción. Incluso en la ficción, es un personaje de ficción. Un personaje hecho a imagen y semejanza de una sociedad, de una cultura en la que encaja perfectamente, lo que le permite condensar la sensibilidad de su entorno en ideas y construirlas para captar la atención de todos. Sin embargo, es una situación pasajera, producto de las necesidades de la posguerra. No va a durar mucho tiempo. Y a él le pilla en el peor momento. Ya algo mayor, bien establecido, acomodado. Pero es un tipo listo, se huele que algo va mal. Para rematarlo, vive con una mujer más joven e inquieta. Una veinteañera, sin miedo a los cambios y todo que ganar que, a su modo, intenta que el viejo dinosaurio evolucione. Le regala lo último, lo más en el año 1966, el disco Revolver. Solo en casa, rumiando lo que sucede engrasado con un whisky, decide ponerlo (echadle un vistazo a la escena, que AMC se dejó una cantidad absurda de dinero en derechos para rodarla como debían):

Ahí está él, el símbolo de establishment, golpeado por Tomorrow Never Knows, por una música incomprensible pero turbadora. La mente de los años cincuenta violentada por puro break beat, medio siglo antes de que pudiera asimilarlo. En poco más de tres minutos comprende que no es que las cosas vayan a cambiar, es que ya han cambiado. Ahora un chico canta un salmo boca abajo y la voz es grabada después de pasar por un altavoz, sólo porque quiere reproducir el canto de los lamas desde las montañas tibetanas. Y todo está perfectamente dentro de la industria, porque esa intención llega a millones de personas que compran discos. Los Beatles no tienen libertad creativa, en absoluto. Los Beatles tienen una férrea disciplina creativa, que es muy distinto. Es la misma ley que Draper conoce bien. Pero él sigue respondiendo a los antiguos clichés. En el vídeo se plasma. Dos mundos idénticos, pero diametralmente opuestos. Dos mundos que están en guerra y en el que él milita en el bando perdedor. Cuando, irritado, quita el disco antes de terminar la canción y sale de plano, vemos por primera vez en toda la serie a Don Draper derrotado.

Claudia en cambio no tiene alternativa. Desde que nació, e incluso antes, ha oído canciones de los Beatles. En este proceso, ha ido eligiendo sus favoritas, algo que, como buena fan, va cambiando con el tiempo, con el estado de ánimo o el día. Y así, a veces, tiene que dejarlo todo, cuando es golpeada por uno de sus hits:

En el fondo no puedo evitar sentir envidia por personas como Bea, que declara que odia a los Beatles. Porque solo ellos tienen todavía la capacidad de oír por primera vez muchas de sus canciones. Todavía están expuestos a la conexión que antes o después, siempre logran establecer con sus oyentes. Con aquellos que están atentos a lo que tienen que decir, a su visión de tu vida. Son afortunados porque cualquier día serán golpeados por los Beatles.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Menos mal que nos queda Portugal

Como España, Portugal vive las duras consecuencias de esta crisis con tintes de estafa que se alarga ya durante más de seis años. Un país “rescatado”, acuciado por el FMI y por el BCE. Otra nación que ve cómo sus gobernantes se preocupan más por los mercados y las instituciones financieras, que por sus propios ciudadanos. La inyección de 78.000 millones de la Unión Europea y del FMI se destinaron a reflotar su sector bancario a costa de la subida de la carga fiscal, del IVA, bajada de sueldos a funcionarios, pensiones, y una tasa de paro que ha ascendido hasta cerca del 17% (muy alta, pero tranquilos, que no hace peligrar el récord mundial español).

En esta situación, el pasado 15 de febrero, el primer ministro portugués, Pedro Passos Coelho, daba cuenta a la Asamblea de la República de las resoluciones del último Consejo Europeo, la institución que en último término está imponiendo las medidas a los países del sur de Europa. En ese momento, un grupo de ciudadanos le interrumpió cantando, con sorprendente afinación, Grândola Vila Morena.

Grândola Vila Morena es uno de los mejores ejemplos de que la música es mucho más que algo que nos entretiene o nos sirve para divertirnos y evadirnos. El 29 de marzo de 1974, la emisión del tema compuesto por Zeca Afonso fue la contraseña para el inicio de la Revolución de los Claveles, el alzamiento militar democrático que acabó con la dictadura de Salazar (mientras en España, Franco seguía su degeneración para morir tranquilamente en la cama). Lógicamente, desde entonces se ha convertido en un símbolo de unidad y libertad en Portugal.

La imagen del pasado febrero dio la vuelta al mundo. La fuerza de un reducido grupo de personas que con una simple canción expresan su protesta, su hartazgo, su hastío ante una clase política que les vende y que actúa en contra de sus intereses. Dado que la situación en España es similar, hubo quien se preguntó cuál sería la canción que deberíamos elegir nosotros para protagonizar una escena similar. Salieron La Estaca de Lluis Llach, Canto a la Libertad de Labordeta o, cómo no, Libertad sin Ira de Jarcha. Sin duda, temas menores, sobre todo en cuanto a repercusión y memoria social.

La respuesta, sin embargo, es mucho más sencilla: ninguna. No solo porque los españoles ya tenemos dificultades para componer canciones memorables y carecemos de memoria cultural para hacerlas perdurar, para convertirlas en símbolos. El principal problema es la inveterada división patria que hace imposible alcanzar un icono que una a todos los españoles, independientemente de su ideología, procedencia o situación.

Tras el episodio de la Asamblea portuguesa, algunos miembros del gobierno luso se quejaron de que Grândola Vila Morena le pertenece a todos los portugueses, incluidos ellos. Eso es algo utópico en España. Hay símbolos que representan a la derecha o a la izquierda, pero ninguno que aúne a ambos. Por supuesto, ni la bandera o el himno, secuestrados por la derecha durante las décadas de la dictadura y que, en la democracia, la izquierda no ha sido capaz de recuperar, anclada pobremente en el pasado, negada para arrebatar a los conservadores esos símbolos, e incluso feliz de sentirse atacada por ellos.

Y así con todo. En España primero se pregunta la filiación y a partir de ahí, se genera el juicio. En sentido contrario a la cerrazón de la izquierda con los símbolos naciones, la familia Bardem suele ser el objetivo favorito de la derecha cuando se trata de despreciar a los actores que se manifiestan contra la actuación del gobierno. De nade les vale que Javier Bardem haya hecho más por la imagen de España que todos ellos juntos, con escenas de exaltación patriótica ante una audiencia planetaria como esta:

Antes pensaba que estos necios prejuicios eran consecuencia de los acontecimientos del siglo XX en España y que el paso del tiempo y de las generaciones acabaría por condenar esta división al olvido. Hoy, con algo más de conocimiento histórico y mucha conciencia de la forma de ser española, mi pesimismo no puede ser mayor. Quizá la única esperanza es que, en contra de lo que algunos sueñan con delirio, algún día toda la Península Ibérica sea Portugal.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Talibanes en Memphis

La intolerancia y la ignorancia son los mayores enemigos del arte. La ignorancia elimina en un grupo humano rasgos y momentos relevantes que definen la propia cultura de esa sociedad. Pero es la intolerancia, que elimina físicamente artistas y obras, la que actúa como brazo armado de la primera.

Hay tantos ejemplos. Desde Egipto o Roma, donde cuando un gobernante caía en desgracia, se destruían sus estatuas y se borraba su nombre de los relieves, hasta las degeneradas mentes que definieron y persiguieron el arte degenerado del Tercer Reich.

En nuestros días, aunque pensemos que la civilización y la tecnología mantienen la cultura a salvo, ocurre exactamente lo mismo. A finales de los noventa, los talibanes se apoderaron de un país fallido por culpa de las superpotencias de la Guerra Fría. Desde entonces por ahí andan, liándola, a afganos, a rusos, a americanos y hasta las cabras. Dentro de su cerrazón religiosa, no les fue difícil localizar los dos ciclópeos budas de Bamiyán, incompatibles con su visión de la religión,  (al igual que cualquiera cosa que no sean kalashnikov, piedras, pelo, brotes de hierba y las cabras). El vídeo que recoge el momento de la destrucción de los budas, de alrededor de 15 siglos de antigüedad, es alucinante. Empiezan a disparar a las dos colosales figuras con morteros y katyushas, pero las dos estatuas labradas en la roca, de 55 y 36 metros de altura, mantienen su dignidad con entereza. Entonces, los resueltos talibanes deciden dinamitarlas. Es seguro que explosivo no les sobra, pero tampoco les falta fanatismo. Así que finalmente, entre el litúrgico allahu akbar, logran derribar ambas estatuas y reducirlas a escombros.

Tirando del hilo, un hilillo negro y espeso, dos espabilados y un iluminado decidieron invadir Irak en 2003. El 5 de abril, las triunfantes tropas de Estados Unidos entraban en la ciudad de Bagdad con dos máximas claras: ocupar los lugares clave en lo referido al petróleo y disparar a los periodistas. Inmediatamente, sin autoridad ni orden en las calles, el Museo Nacional de Bagdad fue objeto de toda clase de pillaje, cualquiera podía llegar y llevarse una tablilla sumeria, una figura acadia o un azulejo de Babilonia. Y así efectivamente sucedió con 170.000 objetos de Ur, Uruk, Nippur, las míticas ciudades que concibieron la civilización. Piezas con 5.000 años de antigüedad, claves para entender el momento en el que el ser humano empezó a organizarse socialmente. Es decir, se hizo ser humano.

Sí, esto sucede en “desiertos remotos y montañas lejanas”, es cierto. En Occidente es distinto. Aquí incluso las minorías, históricamente marginadas, al final encuentran su lugar para vivir dignamente. ¿No? En su nuevo libro, Jinetes en la Tormenta, Diego A. Manrique cuenta la historia del sello Stax a través de algunos de los músicos que grabaron en él. En los primeros sesenta, en pleno brote de las libertades civiles de los negros en Estados Unidos, un hombre blanco, Jim Steward, manejaba una discográfica independiente de soul, es decir, música negra. Establecida  en Memphis, Stax creó el soul sureño, un estilo potente y directo, sentimental y expresivo. Un tipo de música que rápidamente se extendió por el mundo y que hoy mantiene su vigor y su influencia en cualquier línea musical. En sus estudios grabaron Sam & Dave, Booker T’s and The MGs, Willie Dixon, Rufus y Carla Thomas, Isaac Hayes y, sobre todo Otis Redding. “Cuando llegaba (…), la energía se palpaba. Para Isaac Hayes, ‘entraba en el estudio como un toro en una plaza’. Otis dinamizaba todo el proceso de creación. Steve Cropper recuerda que Otis Blue, uno de sus clásicos se grabó en 24 horas”, Manrique lo describe y es fácil imaginar el estudio, el ambiente, la larga figura de Otis Redding entrando a grabar, la intensidad de cada sesión. La magia de aquel lugar.

Jinetes en la Tormenta también relata el final de la discográfica. Despreciada por ser un sello independiente y negro, afectada por la muerte de Otis Redding en accidente de avión, engañada por su distribuidora Atlantic, que le robó el catálogo y sentenciada por las deudas. Finalmente, cómo no, un banco se quedó con los estudios y los vendió a la Iglesia de Dios en Cristo, una congregación ultrarreligiosa, que, como nuestros amigos barbudos, no se lo pensó dos veces. Derribó el local, porque allí se habría grabado “demasiada música del diablo”.

Sin duda, razón no les falta. Cosa del Diablo debe de ser lo salió de allí: Soul Man, Green Onions, Hold me, I’m Comin’, los temas incendiarios de Isaac Hayes y por supuesto, el repertorio inmortal de Otis Redding. Entre esas paredes que la piqueta talibán derribaba en nombre de Dios, había sonado la rotundidad de Hard To Handle, la clase de Try a Little Tenderness, la fuerza desatada de la versión de Satisfaction. O Sittin’ On The Dock Of The Bay. Hoy solo queda una placa que recuerda el lugar, pero ya no existe el edificio que albergó aquello. Nadie podrá ir a respirar el aire en el mismo cubículo, moverse por donde Sam Moore se contoneaba, ni inspirarse con el fantasma de Otis Redding.

Pero hay algo que ningún talibán podrá demoler:

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , | 1 Comentario

Una calle en Granada

Finalmente parece que el ayuntamiento de Granada va a dedicar una calle a Joe Strummer. La iniciativa partió del diario El Ideal y de una fan page en Facebook, muy activa pero de seguimiento modesto, que se dedicó a propagarla. No sé hasta qué punto el reconocimiento y la memoria de una ciudad reside en el nombre de sus calles, todos conocemos miles de calles de las que no tenemos ni la más remota idea de a quién están dedicadas. Pero el caso es que en Granada han estimado que la aportación del integrante de The Clash a la villa merece esa distinción.

Durante mucho tiempo Joe Strummer fue más importante para mí que Lennon/McCartney y Jagger/Richards, los cuatro juntos. Los primeros discos que realmente escuché fueron de The Clash y a través de su hilo, hacia adelante y hacia el pasado, descubrí cientos de bandas y estilos. Sin The Clash no se entendería gran parte del rock y del pop británico de los últimos cuarenta años. La figura de Joe Strummer es troncal en todo este proceso.

Strummer era un tipo inquieto en todos los órdenes. Su avidez intelectual le diferenciaba de sus coetáneos del mismo modo que su ansia vital le asemejaba. Tenía a Federico García Lorca como uno de sus héroes, tanto en su faceta de escritor como en la de mártir. En 1979 o 1980, según preguntes, apareció el mejor disco de la banda y un elepé esencial en la Historia: London Calling. El primer corte de la cara B, Spanish Bombs, es un  homenaje a los republicanos españoles de la Guerra Civil y a Lorca en particular. Una brillante canción con un español muy deficiente en el estribillo y algunas localizaciones discutibles antes de llegar a la mención de Granada.

Por fin en 1984 visitó la ciudad. Todo lo que ocurrió y las visitas posteriores que realizó a la ciudad andaluza está deliciosamente descrito por Jesús Arias, que se convirtió en su intérprete, cicerone y amigo. Muchas otras páginas de Internet y un reciente documental también lo relatan:

No es de extrañar. El duende de la capital andaluza es buen caldo de cultivo para el arte, sobre todo para los tipos resueltos. Solo así puede calificarse a Miguel Ríos. Te guste o no, el roquero granadino es uno de los grandes de la música española. Él abrió el camino para el rock en castellano, sobre todo desde una perspectiva “industrial”, una grave carencia nacional. Miguel Ríos consiguió un número uno en Estados Unidos con la discutible Himno a la Alegría y fue el primer músico español en hacer macrogiras en grandes recintos, como las bandas extranjeras. Luego ha conseguido mantener una carrera respetable hasta retirarse en elegante fade out. Por el camino había dejado standars como este:

El mismo espíritu revolucionario demostró Enrique Morente. Desde el conocimiento y práctica perfecta de un arte fue capaz de adaptarlo a otros estilos. O mejor dicho, llevar la pureza, la verdad, a otros tipos de músicas. El indie mundial todavía no se ha recuperado de su colaboración con el grupo también granadino, Lagartija Nick. Aunque surgió el purista (o pureta) flamenco enajenado por la tradición, Morente siempre estuvo por encima de eso por puto talento.

No sería justo decir que ninguno de ellos tiene una calle en Granada. Tras preguntar a Google y a Jesús Maroto, un amigo que vive allí, sí hay una calle Miguel Ríos y otra Enrique Morente, pero no están exactamente al pie de la Alhambra. Están concretamente en Belicena, a 15 kilómetros de Granada. Allí comparten espacio con Ana Belén, Serrat o Rosa López en una especie de barrio del artisteo. Solo Carlos Cano tiene una calle en la ciudad de Granada. Y, por cierto, repite en Belicena. Insisto en que dudo del valor elegíaco en el hecho de dar nombre a una calle. Pero no he puesto yo el listón.

Una vez más no es culpa de nadie. Seguro que ambos músicos habrán tenido reconocimientos de todo tipo en su ciudad natal. Pero a nadie se le ocurrió ponerle su nombre a una calle o una plaza. Tampoco ningún periódico, ni movimiento popular a través de las redes sociales ha pedido la calle. Ahora le van a poner una a Joe Strummer. Su aportación a Granada es más bien anecdótica y folklórica, antes de visitarla la metía en una canción con Costa Rica, y después dejó poco más que la producción de un disco a 091, un puñado de amigos y cuarto kilo de leyenda. Nada más.

Que Miguel Ríos o Morente hayan ayudado a poner a Granada en el mapa por lo que realmente es, no parece importante. En España. En este país acomplejado, solo nos sentimos bien a través de los ojos de los extranjeros, no se sabe si cómo causa o efecto del turismo. Mientras, actuamos de modo opuesto con los artistas españoles, mirándoles de lado, como si nos debieran algo. Ese desprecio es lo que hay detrás de la facilidad para olvidar cualquier aportación a nuestra cultura, a lo que en el fondo somos.

Lo mejor de todo va a ser cuando dentro de no muchos años, nadie recuerde a Joe Strummer en Granada. Entonces, un chaval leerá el nombre en el cartel y buscará al tipo en Internet. Y empezará a ver vídeos y fotos. Y flipará.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , | 1 Comentario

Ramoncín

Hace un par de semanas, Ramoncín culminó su carrera hacia los abismos del desprecio y la chanza nacional. El juez Ruz decidió imputarle en el caso del expolio de la SGAE, lo que todos aquellos, tanto pro-piratería como gente normal, que le tenían en el punto de mira sintieron como una epifanía. De pronto, el pope de la lucha por los derechos de autor, su cara más reconocible y beligerante, ha robado el dinero que afirmaba proteger. Entonces, por lógica matemática mesetaria, bajarse 200 discos es pura justicia poética.

Pero el odio a Ramoncín viene de lejos. El muchacho empezó a hacer rock en 1976. Atención a la fecha. Hablamos mucho, yo el primero, de La Movida, pero para entonces Ramoncín ya había grabado tres discos. Tres obras de rock guarro en varios sentidos. Ásperos y poderosos, con canciones perfectas para convertirse en himnos en un barrio con un millón de obreros. Y la puesta en escena. Un tío bien plantao, chulo, provocador, sin complejos, un frontman como Dios manda. Con un punto freak si se ve hoy, pero estamos hablando de 1977. Bowie lleva ya cinco años vestido de mamarracho:

Cualquiera, después de ver semejante ascenso, habría apostado por su carrera. Todos menos él mismo. Desde muy pronto se vio que Ramoncín iba a ser uno de esos extraños casos en los que la persona se come al personaje, al revés de lo habitual. Fue incapaz de quedarse ahí, en el escenario. Ramoncín necesitaba más. O mejor dicho, Ramón Márquez necesitaba más. Sus visitas a la televisión para hablar no para cantar, fueron haciéndose cada vez más frecuentes y, sobre todo, más polémicas. Histórica es su bronca con Lola Flores en un “Su Turno” de Hermida en 1982. Al final, cortó a la folclórica con un “achanta el mirlo, Lola”, recordado durante mucho tiempo. Una pequeña parte puede verse en este vídeo. Minuto 4:00:


En algún momento dio el paso definitivo. De rockero pasó a convertirse en un famoso, sin más. Un tipo que salía en la tele cada dos por tres a opinar de todo, casi siempre con chorradas, pontificando con unas formas que si en el escenario eran demoledoras, frente a la cámara resultaban irritantes. Todavía fue capaz de hacer trabajos decentes. En 1986 factura “Como un susurro”, quizá su última gran canción. El disco en directo “Al límite: Vivo y Salvaje” de 1990, es la frontera final. Quizá el punto de no retorno lo marcó la operación de nariz. A partir de ahí, un desatino tras otro, cada vez más alejado de la música, ocupado en salir en programas a cual más lamentable, presentar concursos absurdos o escribir pretenciosas enciclopedias de lo cheli. Una loca carrera para convertirse en la tercera persona odiada por todo el país, junto a Pedro Ruiz y Sánchez-Dragó. En 2006, su actuación en el Viñarock fue recibida con una lluvia de piedras y litronas que le obligaron a cancelar.

Los últimos años han sido de paroxismo. A partir de una lucha noble y legítima por los derechos de los músicos, en una época jodida para eso, sus opiniones extremas y sus formas impresentables le han granjeado una legión de fieles detractores. En 2009, el cierre del canal de Youtube de la revista “El Jueves” tras una reclamación suya, le despojó de los pocos defensores que todavía pudiera tener. Un tipo que se había llenado la boca con su derecho a decir cualquier cosa en público, pedía el secuestro de un canal de vídeos.

Llegó un momento que hasta él se hartó de sí mismo. Declaró que abandonaba sus cargos en la SGAE y su lucha por los derechos de autor, que quería pasar a segundo plano. Incluso grabó un disco de versiones con The Cover Band, un grupo que hasta en el nombre canta a tapadera. Sin embargo, una indescriptible interpretación de “Come As You Are” de Nirvana y su posterior reacción clásica, defender lo indefendible, le acabaron de rematar. Y ahora, la imputación.

Ramoncín se ha convertido en un pimpampum por muchas cosas que ha hecho y dicho. Pero al final, lo que el chico pretendía era defender sus ideas y eso es relevante en una estrella del rock. Ya lo es tan solo que tenga ideas. Pero comprometerse tanto nunca ha sido buena idea en este país. Lo irónico es que si hubiera llevado una vida entregada a los excesos, ahora seguramente sería un icono. Ni tan siquiera habría necesitado más discos que aquellos tres primeros elepés. Bastaba con ser un tipo hermético, reconcentrado en su música, lánguido y huidizo, que se hubiera puesto hasta las cejas de heroína, del que solo tuviéramos noticias de sus entradas y salidas de clínicas de rehabilitación, de alguna habitación de hotel arrasada o de la última chati maltrecha en el camino. Ahora sería un ídolo, con discos convertidos en obras clásicas y su cara serigrafiada en las camisetas del Stradivarius. Hasta es probable que le hubieran puesto su nombre a una plaza de Madrid.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario

Gracias, Steve Jobs

No soy lo que se dice un fanático de Steve Jobs precisamente. No le niego ninguna de sus virtudes, su espíritu innovador y bla, bla, bla. Pero ese halo hagiográfico que si no él, seguro que sus exegetas le atribuyen, me rechina. Admito el culto a la personalidad, qué remedio, yo mismo lo practico. Pero en el caso de Steve Jobs no alcanzo a comprenderlo. Insisto en que soy más o menos consciente de su valía, de su clarividencia y determinación, de su lugar en la Historia, en una palabra. Pero no nos engañemos: el tipo no iba manando ciencia a los necesitados, no había entregado su vida a una causa mayor que él. Cada paso que daba para labrar su legado rondaba los 600 euros la pieza, dependiendo de las versiones, porque lo tenemos con wifi, con 3G, o si no espera que dentro de tres meses sale el 4, pantalla retina, y ese será la polla. Eso sí, 200 euros más caro. Ay, no te olvides el accesorio para conectarlo. Sí, 60 euros. Gracias, Steve.

Tonto tampoco soy. No tengo una cruzada personal contra Steve Jobs y todo lo que huela a Apple. Porque igual que he conocido a applenianos o jobsianos, también he escuchado a muchos acérrimos detractores y, por cierto, sus discusiones son probablemente las más aburridas a las que he asistido. Pero mi relación con la tecnología es mucho menos ideológica, más pragmática. Con los años he aprendido a comprarme solo aquellos aparatitos que realmente vaya a usar, después de unas cuantas malas experiencias de esas que todos hemos tenido, comprarnos un cacharro de varios cientos de euros para que acumule polvo en cualquier cajón. Pues bien, dentro de ese pragmatismo, debo de tener 5 ó 6 iPods.

Aquí sí que dio en el clavo el señor Jobs, a “Dios” lo que es de Dios. Una caja perfecta para un bolsillo, tan fácil de usar que hasta un primate oligofrénico podría hacerlo sonar. Y, en contra de parte de la filosofía de Apple, basado en la fuerza bruta más que en la sutileza o el diseño. iPod lo que te permitía en aquel momento era llevar siempre contigo buena parte de tu biblioteca musical. Y la idea era simple: Un mero disco duro con un reproductor de .mp3 acoplado. Bueno, sí, lo sé, no exactamente .mp3. El iPod no podía dejar de padecer alguno de los defectos de su creador (perdón por las minúsculas, chicos). Para que el aparato pueda reproducirlas, cada canción ha de ser convertida en un formato propio de Apple, da igual que sea .mp3 o exportada desde un cedé. También necesitas un programa concreto para poder cargar y organizar tus canciones: iTunes. Y la clavija para cargarlo y conectarlo al ordenador no es exactamente universal. Ah, y los auriculares, los tiras en cuanto abras la caja, no hace falta ni que les quites el celo.

Sin embargo, y aquí es cuando la cosa se pone rara, mi relación con el iPod es especial. Sobre todo en el caso de los dos classic (el primero, que ya tiene más de diez años, empezó a funcionar mal y claro…) creo que es un aparato con vida propia. Me explico, o lo intento, antes de que llaméis a Íker Jiménez. Normalmente escucho música en el iPod cuando estoy haciendo algo, en el metro, trabajando. También cuando nos reunimos amigos, lo pongo de fondo para no estar pendiente de cambiar discos. En todos los casos, siempre en “modo aleatorio”. Pues bien, el iPod, al menos los que yo he tenido, tiene la capacidad para detectar tu estado de ánimo o el ambiente de una reunión y empezar, él solo, a pinchar la música más adecuada para el momento. En mi caso, que los habrá peores, el cacharro elige entre más de 15.000 canciones de todo pelaje, para ir sirviendo exactamente el tema adecuado. A veces algo más conocido para enganchar a la gente, luego algo menos popular, pero con un punto que llame la atención, después algo más tranquilo, de segundo plano si la conversación es animada y exige música más tenue.

Eso por no hablar de cuando simplemente lee cómo te sientes tú. Un mal día, de bajón, y sabe que ha de poner canciones suaves, pero también intercalar alguna de esas que te sabes de memoria, que has escuchado un millón de veces, pero que consigue que te centres en la canción, en la letra, abstraerte durante cuatro minutos:

O cuando estás de buen rollo y decide poner el pop más tonto que encuentre, pero también alguna otra intensa y larga, que todavía está ahí cuando tú vas y vuelves de tus pensamientos:

O incluso esas veces, mirad qué tontería, en las que ves la vida como una película, y le pone una perfecta banda sonora con un tema electrónico que encaja al milímetro con el ritmo al que caminas, con la gente que se cruza, los cambios de tu mirada:

Sí, sé que son paranoias mías, que, como ocurre con los fantasmas reales, todo eso no existe más que en mi cabeza, en mis ganas de que sea así. Pero en esos momentos realmente siento la magia que emana del maldito aparato.

Antes recuerdo que guardaba algunas de estas sesiones que se marcaba el iPod por iniciativa propia. Pero desgraciadamente, en una de las actualizaciones del software, tío Jobs decidió eliminar la lista “Reproducción reciente”, de modo que ahora es imposible recuperar lo que has escuchado en las últimas horas. Así que una vez más: gracias, Steve.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario